¿Dice que Internet lo ha cambiado todo? No hay más que preguntar a la industria musical, que se encontró con que perdía parte de sus beneficios debido a la facilidad de uso de las plataformas de descargas ilegales. Ha tenido que cambiar sus métodos, como centrarse más en las actuaciones en directo, vender música a bajo precio de forma desmaterializada y asociarse con sitios como Spotify para reponer sus arcas. También en el ámbito cultural, Netflix ha obligado a algunas cadenas estadounidenses a ofrecer su versión barata de una plataforma de visionado legal (por ejemplo, HBO Now) para contrarrestar la piratería.
La nueva economía
Este parece ser el nuevo juego económico. Surgen pequeñas empresas que ofrecen un servicio demandado a precios muy atractivos, se hacen populares y obligan a las industrias más antiguas a seguir adelante. Por ejemplo, Über está llevando al sector del taxi al límite. Por tarifas mucho más bajas, un habitante de la ciudad puede utilizar la aplicación para encontrar un conductor que le lleve a su destino.
Algunos lo llaman la "nueva economía". Sin embargo, este término fue utilizado por primera vez a finales de los 90 por economistas que observaron el crecimiento de las empresas del sector de las telecomunicaciones. Hoy, los observadores lo aplican a la oleada de jóvenes empresas en la Red que están sacudiendo literalmente la economía más tradicional. Y esto se aplica a todos los sectores de actividad.
El comercio minorista sufre cada vez más la presencia de los Amazon y los eBay de este mundo, que obligan a los minoristas a ofrecer más ventas y servicios en línea. Airbnb está teniendo un impacto directo en la industria hotelera con el intercambio de alojamiento entre usuarios. En el ámbito del entretenimiento de vídeo, Steam ha revolucionado literalmente la forma de comprar juegos de ordenador, llevando a la desmaterialización y ofreciendo numerosos descuentos en títulos que a menudo se venden a precio completo en las consolas.
En definitiva, en Internet, los nuevos servicios ocupan cada vez más espacio y ganan cada vez más adeptos. Casi una cuarta parte de los franceses declaró en 2015 haber utilizado un servicio de economía colaborativa como Über o Airbnb. Y el 30% tiene intención de hacerlo el año que viene. Poco a poco, la "uberización" económica se va ganando un lugar en el corazón de la gente. Una buena noticia para algunos, que la ven como una forma de replantearse la economía y el papel del Estado en ella. "Por fin, servicios que se preocupan de verdad por los consumidores", dicen.
Cuando la ilusión se topa con la realidad
Obviamente, esta nueva economía está perjudicando a las industrias más antiguas. Los taxistas de Francia y otros países han reaccionado, a veces violentamente, ante lo que consideran competencia "desleal" de Über. Al fin y al cabo, ellos -a diferencia de los participantes en la aplicación- tienen que pagar licencias caras.
Además, este modelo económico relativamente nuevo está obligando a los legisladores a analizarlo para, en primer lugar, intentar mantener el empleo en todos los sectores y, en segundo lugar, proteger a los consumidores. En muchos casos, las normas actuales no se diseñaron pensando en las aplicaciones o empresas virtuales. Es más, esta nueva economía de autónomos está provocando una mayor precariedad laboral. De hecho, algunos servicios como Homejoy han tenido que cerrar sus puertas debido a las acciones legales emprendidas contra ellos para reclasificar a los autónomos como empleados (con los beneficios que ello conlleva).
La economía colaborativa también es muy criticada por su hipocresía. Algunos denuncian que los medios de comunicación hablan de una nueva economía, cuando en realidad lo único que han hecho estas aplicaciones es mercantilizar nuestros coches, nuestras casas, etcétera. No se trata de una economía cooperativa, como algunos parecen creer, sino de un modelo similar a los antiguos, en el que los directores generales y los accionistas obtienen enormes beneficios mientras que los usuarios se quedan con las migajas.
Sobre todo porque la economía colaborativa no comparte tanto. Al menos, no con el fisco. La mayoría de estas empresas colocan sus beneficios en paraísos fiscales. Otros cuestionan estos servicios virtuales y, en particular, los datos sensibles que se comparten masivamente en estas aplicaciones. El hackeo de Ashley Madison en el verano de 2015 fue una llamada de atención.
A pesar de estas críticas, la economía colaborativa no está a punto de perder fuelle. Estos servicios de bajo coste son demasiado populares entre los consumidores como para estar en declive. Por otra parte, la crisis contra Über y algunos otros empieza a ensombrecer esta economía emergente. La cuestión es si hemos ignorado la ética para que nos lleven, nos alojen y nos duchen con productos a bajo precio...
Ilustración: Alexey Boldin, shutterstock
Referencias
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