Ejercitar la atención, un reto en educación
Nuestra atención revolotea, se abre, se centra, se fija, se dispersa. También es codiciada y se distrae fácilmente, a menos que la dirijamos. Buenos consejos para controlarla mejor.
Publicado el 04 de diciembre de 2024 Actualizado el 04 de diciembre de 2024
La inteligencia artificial (IA) se perfila como un actor clave en el panorama educativo del siglo XXI. Desde los motores de búsqueda hasta los asistentes virtuales y los sistemas de recomendación, las herramientas de IA están moldeando profundamente nuestra relación con el conocimiento y el aprendizaje.
Ante esta realidad, resulta tentador ceder a una visión determinista, oscilando entre la utopía de que la IA resuelva todos los retos educativos y la distopía de una dependencia alienante de la máquina. Sin embargo, existe un camino intermedio: el de un uso reflexivo y proactivo de la IA, en el que los alumnos siguen controlando su trayectoria de aprendizaje al tiempo que aprovechan la potencia de las herramientas que tienen a su disposición.
Este artículo se propone explorar cómo desarrollar nuevas metahabilidades de aprendizaje en la era de la IA, adoptando un enfoque firmemente enraizado en las ciencias de la educación y la información-comunicación, al tiempo que se nutre de aportaciones de disciplinas afines como la psicología cognitiva y la filosofía de la tecnología.
El objetivo es demostrar que, lejos de hacernos menos inteligentes, la IA puede, por el contrario, ser una poderosa palanca para "aprender a aprender", siempre que cultivemos ciertas actitudes y estrategias clave. En última instancia, lo que surge es la posibilidad de una ecología cognitiva hombre-máquina, en la que la IA se convierte en un socio estimulante en el desarrollo del que aprende.
Los espectaculares avances de la IA en los últimos años han abierto perspectivas sin precedentes para el aprendizaje. Ya se trate de personalizar el contenido y el ritmo en función del perfil del alumno, de ofrecer un feedback inmediato y adecuado o de favorecer la memorización mediante algoritmos de repetición espaciada, las herramientas de IA tienen un potencial pedagógico innegable(1). Sin embargo, este potencial sólo se aprovechará plenamente si estas tecnologías se utilizan de forma razonada y controlada.
En efecto, existe un gran riesgo de que los alumnos adopten una postura pasiva, incluso dependiente, frente a las herramientas de IA(2). Al confiar demasiado en la máquina para que proporcione respuestas o recomendaciones prefabricadas, los alumnos podrían perder progresivamente su autonomía y su capacidad para dirigir su propio aprendizaje(2). Esto es lo que está en juego en una apropiación activa y crítica de las herramientas de IA: hay que considerarlas como recursos al servicio de su propio desarrollo, y no como prótesis cognitivas de las que ya no podemos prescindir.
Entonces, ¿cuáles son esas famosas metahabilidades que los alumnos del siglo XXI deben cultivar para sacar el máximo partido de la IA?(3).
Por último, aprender a aprender con la IA significa saber alternar juiciosamente entre fases de razonamiento autónomo y recurso ocasional a la máquina. El reto consiste en encontrar el justo equilibrio entre el esfuerzo intelectual que tienes que hacer tú mismo y la ayuda que recibes de la IA. Inclinarse demasiado hacia uno u otro lado sería perjudicial: o bien negarse a confiar en los recursos que ofrece la IA a riesgo de un gasto cognitivo innecesario e ineficaz, o bien, por el contrario, delegar ciegamente tu razonamiento en la máquina en detrimento de tu propia construcción de sentido. Saber equilibrar con precisión la autonomía y la asistencia es, sin duda, la metahabilidad integradora más valiosa que se puede adquirir.
Más allá de estas metacompetencias específicas, el aprendizaje con IA exige cultivar ciertas actitudes generales propicias para el uso fructífero de las tecnologías cognitivas. La primera de estas actitudes consiste en considerar la IA como un compañero de aprendizaje y no como una muleta(5). En lugar de esperar pasivamente que la máquina haga nuestro trabajo, debemos verla como un aliado estimulante en la construcción activa de nuestro conocimiento. Esta postura implica definir claramente los papeles de cada parte: corresponde al alumno mantener el control sobre los objetivos y la dirección general de su aprendizaje, mientras que la IA proporciona una ayuda ad hoc y específica.
En la misma línea, el uso de la IA se beneficia de ir acompañado de una mirada reflexiva sobre nuestros propios procesos de aprendizaje(6)(7) Al observar cómo interactuamos con las herramientas de IA, qué estrategias funcionan y cuáles no, y qué sesgos pueden surgir, desarrollamos una valiosa percepción metacognitiva. Esta mayor conciencia de nuestro funcionamiento intelectual es una poderosa palanca de empoderamiento, que nos permite ajustar nuestras formas de pensar y aprender en diálogo con la máquina.
Por último, aprender con la IA significa dominar la incomodidad y la frustración inherentes a todo aprendizaje genuino. Incluso con las mejores herramientas del mundo, el aprendizaje sigue siendo un proceso exigente y a veces ingrato, que implica tolerar fases de duda y vacilación. Al darnos la ilusión de un acceso inmediato y sin esfuerzo al conocimiento, la IA puede hacernos perder de vista esta realidad. Resistir a la tentación de hacerlo todo de inmediato y abrazar la fructífera lentitud del aprendizaje en profundidad es quizá la actitud más importante que hay que cultivar en la era de la IA.
Estas líneas de pensamiento conducen naturalmente a cuestiones muy concretas para quienes se dedican a la educación. En primer lugar, los profesores desempeñan un papel fundamental a la hora de ayudar a los alumnos a hacer un buen uso de la IA. En lugar de ignorar o demonizar estas herramientas, hay que integrarlas plenamente en la relación docente, para que se conviertan en palancas de capacitación.
Esto implica, en particular, dedicar tiempo a debatir e informar sobre las experiencias de los alumnos con la IA, aclarar las metahabilidades que deben desarrollarse y también que el propio profesor ejemplifique un uso crítico y reflexivo de estas tecnologías(8).
En términos más generales, todo el plan de formación se beneficiaría de una reflexión en profundidad sobre el papel de la IA. Además del uso práctico de las herramientas, los estudiantes deben ser conscientes de las cuestiones epistemológicas, éticas y sociales que rodean a la IA. Esto puede hacerse mediante cursos específicos, pero también integrando cuestiones sobre la IA en el corazón mismo de las disciplinas.
"¿Qué concepción del conocimiento subyace a tal o cual algoritmo?
"¿Cuáles son los límites de un sistema de recomendación en mi campo?
"¿Cómo está sacudiendo la IA las prácticas profesionales a las que estoy destinado?
Éstas son sólo algunas de las cuestiones que habrá que abordar a lo largo del curso.
A través de esta profusión de cuestiones, es en definitiva una dirección más global la que va tomando forma: la de una auténtica ecología cognitiva hombre-máquina, donde la IA forma parte de una red de colaboración al servicio del aprendizaje.
Desde esta perspectiva, ya no se trata de oponer inteligencia natural e inteligencia artificial, sino de pensarlas en términos de su complementariedad y sus posibles sinergias. El reto consiste en ir más allá de un enfoque tecnocéntrico centrado únicamente en las prestaciones de la máquina, y pensar en lo que podría ser una IA realmente capaz de potenciar el desarrollo cognitivo humano. Equipar, ampliar y aumentar la inteligencia humana en lugar de sustituirla: este es el reto de una IA decididamente al servicio de los alumnos y de su capacidad de aprender.
Al final de este recorrido, parece que la llegada de la IA al ámbito educativo encierra un enorme potencial, siempre y cuando no nos quedemos embobados con las proezas tecnológicas. La IA sólo será una palanca real para el aprendizaje si se utiliza de forma reflexiva y proactiva, respaldada por el desarrollo de las metahabilidades adecuadas y actitudes favorables. Lo que está en juego es la capacidad del alumno para seguir controlando su propio destino cognitivo en esta era de automatización desenfrenada.
En la era de la IA, aprender a aprender es más que nunca aprender a seguir siendo humanos, en los aspectos más preciados y únicos de nuestra inteligencia. Creatividad, pensamiento crítico, reflexividad, aptitud para el diálogo y la colaboración: todas ellas son disposiciones específicamente humanas que la IA puede estimular y enriquecer, siempre que no las deleguemos ciegamente en la máquina. Depende de nosotros construir una IA con rostro humano, como aliada benévola y exigente en el difícil proceso de aprender sobre nosotros mismos.
Ilustración: Generado por la IA - Flavien Albarras
Referencias
1 L'intelligence artificielle dans l'éducation [sin fecha]. Académie de Paris [en línea]. Disponible en: https: //www.ac-paris.fr/l-intelligence-artificielle-dans-l-education-130992 [consultado el 28 de noviembre de 2024].
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