La estabilidad de los equipos en cuestión
¿La estabilidad de un equipo depende de una cierta fijeza o de una serie de equilibrios dinámicos? Una cuestión de mantenimiento y fundamentos.
Publicado el 04 de junio de 2025 Actualizado el 04 de junio de 2025
"En una sociedad en la que no se reconoce al individuo, lo que cuenta por encima de todo es la tribu y el clan".
Tahar Ben Jelloun
En un mundo en el que se multiplican los mecanismos de colaboración y las organizaciones horizontales, ¿cómo pensar en los umbrales relacionales humanos sin sacrificar ni la calidad de los vínculos ni el poder colectivo?
El concepto de número de Dunbar, el techo cognitivo estimado en unas 150 relaciones estables que puede mantener un ser humano, plantea profundas cuestiones sobre las prácticas de facilitación e inteligencia colectiva. ¿Es una limitación biológica, un hecho cultural o una base para repensar el diseño de los formatos colaborativos?
Exploraremos esta tensión en tres ámbitos: en primer lugar, examinando el alcance real del número de Dunbar; en segundo lugar, examinando sus efectos sobre la facilitación y los colectivos; y en tercer lugar, abriendo una reflexión ética y organizativa sobre sus extensiones.
El número de Dunbar, propuesto por el antropólogo Robin Dunbar (1992), se basa en una correlación entre el tamaño del neocórtex de los primates y el número de individuos con los que pueden mantener relaciones sociales estables. En los humanos, este límite estaría en torno a las 150 personas. Sin embargo, esta cifra no es una verdad biológica inalterable: es más un reflejo de una media basada en observaciones históricas y sociológicas que de las capacidades reales y situadas de los grupos humanos.
Investigadores como Lindenfors et al (2021) han demostrado que este límite varía de un contexto a otro, dependiendo en particular de la estructura social, las normas culturales y las tecnologías utilizadas. Dominique Cardon (2010), al analizar las redes digitales, ha demostrado que la web no multiplica indefinidamente nuestras capacidades relacionales: las reconfigura según círculos de intensidad variable. No todos los "amigos" de las redes son iguales; sólo una minoría de los vínculos digitales tiene un compromiso real.
En este sentido, la tesis de Dunbar puede entenderse como un punto de referencia contextual: una forma de observar la densidad de la conexión humana que nuestra atención y nuestras emociones pueden realmente sostener. Esta lectura se ve reforzada por el trabajo de Yves Citton (2014) sobre la ecología de la atención. En él defiende la idea de que nuestro capital atencional es limitado y constituye un recurso a preservar. Más que el número de personas, la verdadera cuestión es la calidad de la atención que podemos prestarles.
Lejos de representar un obstáculo, el umbral relacional propuesto por Dunbar puede convertirse en una palanca estratégica para facilitar la inteligencia colectiva. En efecto, en grupos de más de cien participantes, observamos a menudo los efectos de la dilución relacional: el compromiso disminuye, las tensiones aumentan y la coordinación se vuelve más frágil. Estas observaciones empíricas concuerdan con los análisis de Philippe Carré (2018), quien señala que toda dinámica de aprendizaje depende de la presencia de relaciones significativas, reconocimiento mutuo y confianza compartida.
En consecuencia, la facilitación tiene todas las de ganar si se basa en este umbral cognitivo para diseñar formatos adecuados. Numerosas prácticas -círculos de conversación, foros abiertos, subgrupos espejo, tándems reflexivos- permiten estructurar grandes grupos en clusters colaborativos capaces de redescubrir esta densidad relacional propicia a la co-construcción. La creación de estos "nichos atencionales" (Citton, 2014) ayuda a evitar la saturación emocional y fomenta la calidad de la presencia.
En los sistemas bien facilitados, la cantidad deja paso a la precisión. Ya no se trata de acumular conexiones, sino de hacer posible la aparición de comunidades efímeras pero intensas, donde todos puedan ser vistos, escuchados y reconocidos. Joëlle Zask (2011), en sus reflexiones sobre la participación, subraya la importancia de un compromiso en el que se articulen atención, contribución y reconocimiento. Este tríptico ofrece un marco especialmente relevante para la facilitación, en la medida en que sienta las bases para una participación encarnada y no instrumentada.
Pensar en el número de Dunbar también plantea la cuestión de la arquitectura social. En las organizaciones de aprendizaje o en los grupos autogestionados, el deseo de mantener relaciones igualitarias a gran escala puede conducir al agotamiento relacional. Entonces, ¿por qué no adoptar estructuras más fractales: células autónomas, archipiélagos interdependientes, redes porosas construidas en torno a centros de relaciones a escala humana?
Esto es lo que autores como Wenger-Trayner & Wenger-Trayner (2020) proponen implícitamente con los "espacios de aprendizaje social", donde cada microgrupo crea valor a su manera, en resonancia con los demás.
La tecnología digital hace que esta situación sea aún más compleja. Por un lado, parece capaz de ampliar nuestras comunidades de pertenencia. Por otro, pone en tela de juicio la profundidad de nuestros compromisos. Cardon (2010) señala que la tecnología digital a menudo reproduce la lógica de la atención aplastante en lugar de ampliar la atención mutua. La horizontalidad técnica no equivale a la reciprocidad humana.
De ahí la necesidad de una facilitación ética: ya no se trata sólo de gestionar un colectivo, sino de cuidarlo. Esto significa
El reto es prevenir la saturación, evitar que la inteligencia colectiva se disuelva en una multitud superficial.
Por último, el número de Dunbar, a menudo presentado como universal, merece una lectura descolonizada. En las culturas no occidentales, las formas de vinculación se basan menos en el mantenimiento bilateral de una relación estable que en afiliaciones difusas, contextuales y a veces rituales. No es seguro que el modelo de Dunbar se aplique a estas formas de colectivos de geometría variable. Esta observación sugiere que esta medida no debe absolutizarse, sino considerarse como un prisma entre otros, que debe utilizarse con tacto y discernimiento.
Lejos de ser un límite restrictivo, el número de Dunbar actúa como revelador. Pone de relieve las tensiones entre densidad y amplitud en nuestras comunidades, entre el deseo de apertura y la necesidad de cuidado. Para la facilitación, no se trata de un dogma, sino de un punto de referencia: un incentivo para pensar en el ser humano como una relación finita, situada y preciosa. Es el precio que pagamos para mantener viva, encarnada y sostenible la inteligencia colectiva.
Fuentes
Carré, P. (2018). L'apprenance: vers un nouveau rapport au savoir. Dunod.
Cardon, D. (2010). La démocratie Internet. Promesas y límites. Seuil.
Citton, Y. (2014). Pour une écologie de l'attention. Seuil.
Dunbar, R. I. M. (1992). Neocortex size as a constraint on group size in primates. Journal of Human Evolution, 22(6), 469-493.
Edmondson, A. (2019). La organización sin miedo: Crear seguridad psicológica en el lugar de trabajo para el aprendizaje, la innovación y el crecimiento. Wiley.
Lindenfors, P., Wartel, A., & Lind, J. (2021). The limits of friendship: Dunbar's number deconstructed. Biology Letters, 17(3), 20200748.
Wenger-Trayner, B., & Wenger-Trayner, E. (2020). Learning to make a difference: Value creation in social learning spaces. Cambridge University Press.
Zask, J. (2011). Participar: Ensayo sobre las formas democráticas de la participación. Le Bord de l'eau.
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