"No son nuestras diferencias las que nos dividen. Es nuestra incapacidad para reconocer, aceptar y celebrar esas diferencias. "
Como facilitadora, a menudo siento la distancia que hay entre una actividad para romper el hielo y lo que ahora llamaría una actividad para calentar el corazón. En los primeros años de mi práctica, intentaba "poner las cosas en movimiento": hacer fluir la palabra, activar la energía, romper la inercia del silencio. Era útil, por supuesto, pero a menudo superficial. Veía sonrisas falsas, cuerpos en actividad, pero ninguna presencia real todavía. Hoy veo otra cosa: una cualidad de la conexión que no se puede decretar, sino que hay que preparar, domar y cultivar. Y eso lo cambia todo.
Romper el hielo, como demostró Kurt Lewin en su obra sobre dinámica de grupos (1947), es una cuestión de activación. Se trata de crear las primeras interacciones en un sistema temporalmente congelado. Esto funciona bien a nivel social: la gente habla, se mira, se permite existir en relación con los demás. Pero en esta lógica, el juego se instrumentaliza. Se utiliza para provocar, no para conectar. El "yo" del participante sólo se implica parcialmente: se trata de ser visible, aún no vulnerable; de participar, aún no dejarse transformar. A veces el rompehielos es hortera, torpe, infantilizante; es un sinsentido.
Con el tiempo, empecé a ver estos momentos de apertura de otra manera. Ya no trataba de romper el hielo, sino de abrir un espacio en el que el grupo pudiera sentirse a sí mismo, en sus singularidades, en sus vibraciones, en su porosidad. Fue entonces cuando descubrí lo que yo llamo "calentadores de corazones". El término puede parecer ingenuo, pero refleja el paso de un acto social a un gesto simbólico. Ya no intentamos que la gente haga algo, sino que sienta algo. En este contexto, el juego adquiere la función de la zona de transición definida por Donald Winnicott (1971), ese lugar intermedio donde ya no estamos del todo en lo real o lo ficticio, sino en un espacio posible para la experimentación con nosotros mismos y con los demás.
En esos momentos, el juego deja de ser una herramienta para convertirse en un espacio. Un espacio para que el yo se descubra de otra manera, a través del cuerpo, de la emoción, a veces del silencio. He visto círculos transformarse porque un ejercicio lúdico había permitido a alguien expresarse sin palabras, a través de un gesto, una mirada, una atención. Me di cuenta entonces, como explicaba Philippe Meirieu (2014), de que la educación es ante todo encuentro. Y que el marco educativo, al igual que el marco de facilitación, es lo que hace posible -o no- este encuentro.
Desde esta perspectiva, el "nosotros" no preexiste. Se construye, lentamente, en el entrelazamiento de la sensibilidad y la atención mutua. Henri Tajfel (1982) ha demostrado que la identidad colectiva es una construcción, un proceso en construcción. Lo que pretendo en un taller de inteligencia colectiva no es simplemente la producción, sino la emergencia de ese nosotros frágil y necesario. Y para ello, el taller de inteligencia es un umbral, un pasadizo hacia otra calidad de estar juntos.
Me doy cuenta de que esta forma de entrar en el taller representa un cambio de paradigma. Donde la actividad buscaba provocar, el taller de calentar corazones busca acoger. Esto presupone una postura ética (Cristol, 2025), una forma de "cuidado" en el sentido propuesto por Joan Tronto (1993): prestar atención, cuidar, crear un entorno en el que todos puedan existir plenamente. También implica una sensibilidad a lo que Hartmut Rosa (2016) llama resonancia: la capacidad de entrar en relación con lo que nos rodea, de una manera que no es instrumental, sino profundamente comprometida.
Los beneficios para la facilitación son inmensos. Donde antes buscábamos "crear un grupo" a través de la actividad, ahora buscamos "crear un entorno" a través de las relaciones. Y este cambio modifica la naturaleza de las decisiones, las ideas y la cooperación que surgen. No es sólo más eficiente, es más humano. Y en un mundo en tensión, creo que esto es precisamente lo que necesitamos.
Fuentes
Cristol, D; (2025). Ethique de la facilitation. L'harmattan.
Lewin, K. (1947). Frontiers in group dynamics: Concept, method and reality in social science; social equilibria and social change. Human Relations, 1(1), 5-41.
Meirieu, P., Daviet, E., Dubet, F., Peloux, I., Stiegler, B., Desarthe, A., ... & Benameur, J. (2014). El placer de aprender. Autrement,. Rosa, H. (2016). Résonance: Une sociologie de la relation au monde. La Découverte.
Tajfel, H. (1982). Identidad social y relaciones intergrupales. Cambridge University Press.
Tronto, J. (1993). Moral boundaries: A political argument for an ethic of care. Routledge.
Winnicott, D. W. (1971). Playing and reality. Tavistock Publications.
Ver más artículos de este autor