A menudo se piensa en la libertad de expresión como un derecho individual garantizado por los textos legales. Sin embargo, en los grupos y colectivos, se manifiesta menos como un derecho que como una capacidad situada, frágil y condicional.
La teoría de la espiral del silencio formulada por Elisabeth Noelle-Neumann (1974) ha demostrado hasta qué punto el miedo al aislamiento social lleva a los individuos a silenciar opiniones percibidas como minoritarias. Esta dinámica, lejos de limitarse a los regímenes autoritarios, recorre las organizaciones contemporáneas, las instituciones educativas y los grupos profesionales. L
o que está en juego aquí no es sólo político, sino también profundamente educativo: ¿cómo formar grupos capaces de sostener una voz crítica sin exponer a quienes la expresan a costes sociales disuasorios?
1. La libertad de expresión como fenómeno relacional y contextual
Las investigaciones sobre sociología de la opinión demuestran que la expresión pública de una idea depende menos de su validez intrínseca que de la percepción de su aceptabilidad social (Noelle-Neumann, 1993). La espiral del silencio no es un mecanismo de censura externa, sino un proceso de autorregulación social: los individuos evalúan constantemente el clima de opinión y ajustan su discurso en función de los riesgos previstos.
En los grupos de trabajo y los colectivos de aprendizaje, esta dinámica se ve reforzada por relaciones de poder difusas: estatus profesional, capital simbólico, experiencia reconocida o proximidad a los órganos de decisión (Crozier y Friedberg, 1977). La libertad de expresión se vuelve asimétrica: algunos pueden hablar sin consecuencias, mientras que otros asumen riesgos simbólicos o profesionales.
La investigación sobre la seguridad psicológica (Edmondson, 1999; 2019) ha demostrado quela capacidad de expresar errores, dudas o desacuerdos es una condición clave para el aprendizaje colectivo. Sin embargo, estos enfoques a menudo siguen siendo funcionalistas: el habla se fomenta en la medida en que mejora el rendimiento.
Queda un punto ciego: no todas las expresiones son igualmente deseables para el sistema. Algunos cuestionan los objetivos, las normas implícitas o los marcos ideológicos del colectivo. Aquí es precisamente donde la libertad de expresión choca con sus límites prácticos.
2. La facilitación como ecología del discurso crítico
La facilitación se presenta a menudo como un conjunto de técnicas destinadas a facilitar los intercambios o alcanzar consensos. Una interpretación menos habitual es analizarla como una ecología de la palabra, es decir, trabajar sobre las condiciones de posibilidad de lo que puede decirse, escucharse y transformarse en pensamiento colectivo.
Desde esta perspectiva, el facilitador no es neutral ni externo. Actúa sobre el entorno: marcos temporales, reglas implícitas, ritmos de habla, legitimidad otorgada a los afectos y percepciones corporales.
Inspirado en el pragmatismo de Dewey (1938) y en la fenomenología de la experiencia vivida (Vermersch, 2012), este enfoque considera que el pensamiento crítico emerge a menudo de pistas débiles: incomodidad, vacilación, disonancia sentidas antes de ser formuladas conceptualmente.
Una cuestión central, raramente abordada, se refiere a la violencia simbólica que pueden ejercer ciertos mecanismos de facilitación en sí mismos. Al tratar de mantener un clima armonioso, pueden neutralizar conflictos legítimos o hacer indeseable cualquier discurso percibido como "negativo" (Alter, 2012). La facilitación se convierte entonces en una herramienta de regulación social más que en un espacio de emancipación.
La formación en libertad de expresión implica, por tanto, trabajar no sólo las habilidades retóricas, sino también el coraje ordinario (Arendt, 1961): la capacidad de nombrar un desacuerdo sin ninguna garantía de reconocimiento inmediato, y la capacidad del colectivo para apoyar este discurso sin reducirlo o sancionarlo.
3. Tecnología digital, trazabilidad y nuevas formas de silencio
La introducción masiva de herramientas digitales está transformando profundamente las condiciones del discurso colectivo. Las plataformas colaborativas, los sistemas de mensajería y los dispositivos de inteligencia artificial prometen democratizar la expresión, pero al mismo tiempo producen nuevos regímenes de silencio.
Varios estudios muestran que la trazabilidad digital refuerza la autocensura: saber que lo que se dice queda registrado, es archivable y potencialmente reutilizable modifica lo que se expresa (Cardon, 2019; Casilli, 2020). El discurso se vuelve calculado, estratégico y a veces higienizado. El derecho al error y a lo incompleto, fundamental para el aprendizaje de adultos, se ve socavado.
Los dispositivos de IA generativa, capaces de sintetizar o reformular los intercambios, plantean un problema adicional: ¿quién decide lo que se graba? El animador se ve investido de un nuevo papel ético: arbitrar entre visibilidad y protección, entre memoria colectiva y respeto de las zonas frágiles necesarias para la emergencia del pensamiento crítico.
En este contexto, la libertad de expresión ya no puede concebirse al margen de la alfabetización digital crítica. Formar grupos capaces de seguir siendo críticos significa explicitar los efectos de las herramientas sobre la palabra, el silencio y las relaciones de poder. No se trata tanto de rechazar la tecnología digital como de convertirla en objeto de reflexión compartida.
Un papel cambiante
La libertad de expresión en los colectivos no puede decretarse, hay que cultivarla. Depende de entornos, prácticas y mecanismos que hagan la verdad no sólo inteligible, sino habitable. La facilitación, cuando se concibe como una ecología de la palabra y no como una técnica de consenso, puede desempeñar un papel decisivo en esta cultura.
En la era digital, este papel se vuelve aún más exigente: implica una responsabilidad ética por lo que se hace visible, se preserva o se dice. Formar para la libertad de expresión es formar para afrontar con lucidez estas tensiones, sin heroizar la transgresión ni someterse silenciosamente a la seguridad.
Referencias
Alter, N. (2012). La force du désordre. París: PUF.
Arendt, H. (1961). Between past and future. Nueva York: Viking Press.
Cardon, D. (2019). Culture numérique. París: Presses de Sciences Po.
Casilli, A. (2020). Esperando a los robots. París: Seuil.
Crozier, M., & Friedberg, E. (1977). El actor y el sistema. París: Seuil.
Dewey, J. (1938). Logic: The theory of inquiry. Nueva York: Holt.
Edmondson, A. (1999). Psychological safety and learning behavior in work teams. Administrative Science Quarterly, 44(2), 350-383.
Edmondson, A. (2019). La organización sin miedo. Hoboken: Wiley.
Noelle-Neumann, E. (1974). La espiral del silencio. Journal of Communication, 24(2), 43-51.
Vermersch, P. (2012). L'entretien d'explicitation. Paris : ESF.
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