La etimología de la palabra "turismo" es clara: el recorrido, el movimiento circular que te lleva de vuelta al punto de partida. Salimos, descubrimos, visitamos y luego volvemos a casa. El descanso, el cambio de aires, luego la vuelta a lo cotidiano. Pero hay una tendencia emergente: la gente ya no vuelve a casa.
Y, sin embargo, utilizan las mismas herramientas que el turista clásico. Reservan alquileres de corta duración para "probar" un barrio, visitan grupos de expatriados en Facebook del mismo modo que otros consultan TripAdvisor, miran los feeds de Instagram, exploran lugares -la palabra es reveladora- antes de tomar una decisión. Utilizan los anglicismos estilo de vida, calidad de vida, trabajo a distancia. Parece que se van de vacaciones prolongadas. Pero en su equipaje hay algo que pesa más que una maleta: un proyecto de vida, un cambio drástico porque quieren abandonar una situación que ya no les satisface.
Este fenómeno tiene un nombre que los sociólogos empiezan a comprender: turismo residencial. Y dice mucho más de nuestras sociedades contemporáneas que cualquier informe oficial.
Alejarse del riesgo en lugar de correr hacia el sol
Durante mucho tiempo, creímos que nos dirigíamos hacia algo: el sol, la aventura, el exotismo. La sociología contemporánea nos invita a invertir esta perspectiva. También, quizás sobre todo, partimos lejos de algo. A veces es una motivación extrínseca.
Esto es precisamente lo que nos ayuda a comprender el pensamiento de Ulrich Beck sobre la sociedad del riesgo. Para Beck, la modernidad tardía se caracteriza por la producción y distribución de riesgos globales, medioambientales, económicos y de seguridad que las instituciones tradicionales luchan por contener. El Estado, la escuela, el sistema sanitario, la seguridad social: todos estos mecanismos colectivos que antaño estructuraban nuestra sensación de protección son cada vez más frágiles, lo que se traduce en una pérdida de confianza.
En este contexto, la geografía se vuelve estratégica. Elegir dónde vivir ya no es sólo una cuestión de preferencia personal o de azar profesional: es un acto de salvaguardia de la movilidad. Una familia que deja una gran metrópoli europea por Portugal, Panamá o el Sudeste Asiático no está huyendo de la comodidad, está eligiendo entre niveles de riesgo percibido. Están eligiendo su exposición al riesgo.
El argumento más poderoso en estas decisiones casi nunca es principalmente financiero. Es académico.
La seguridad escolar, en el sentido más amplio del término, que abarca la calidad de la enseñanza, la mezcla social elegida y la seguridad física dentro del recinto escolar, se ha convertido en uno de los principales criterios para trasladar a una familia (algunas quedaron traumatizadas por el escándalo de París). La gente ya no se muda simplemente para encontrar trabajo. Se trasladan por la escuela de sus hijos. La zona que eligen se convierte en una forma de seguro espacial, un santuario contra la incertidumbre de un mundo que ya no pueden controlar.
Ni turista ni inmigrante: el nómada del estilo de vida
Estos nuevos viajeros plantean un verdadero problema conceptual a las ciencias sociales. No son ni el turista clásico, porque se instalan aquí, ni el inmigrante económico tradicional, porque no huyen de la pobreza ni de los conflictos armados; huyen del malestar. Pertenecen a la categoría que los investigadores Duncan y Hannam han teorizado como Lifestyle Mobilities: aquellas movilidades de estilo de vida en las que las fronteras entre ocio, trabajo y migración se difuminan hasta hacerse indistinguibles.
Según este planteamiento, este nuevo tipo de viajero no se ve a sí mismo como un inmigrante. Se ve a sí mismo como actor soberano de su propia vida, como consumidor que evalúa los lugares del mismo modo que otros evalúan los productos en el mercado. Y aquí es donde el turismo residencial revela su naturaleza profunda: primero se consume la región como destino turístico que se visita y se prueba, antes de habitarla como residencia permanente.
Lo que buscan estos nómadas del estilo de vida es una rara y preciosa alineación entre tres variables:
- la calidad de vida cotidiana
- la libertad de hacer negocios sin atascarse en limitaciones administrativas o fiscales, y
- lo que podríamos llamar agilidad fiscal, no la evasión fraudulenta, sino la capacidad legal de optimizar la propia situación en un entorno normativo más favorable.
Portugal lo entendió mucho antes que sus vecinos europeos con su estatuto de residente no habitual. México atrae con sus espacios coliving en Oaxaca y Ciudad de México. Georgia, Albania y Estonia han desarrollado ofertas digitales específicas. Estos países ya no sólo venden sol: venden un paquete de estilo de vida, tan cuidadosamente construido como un paquete de Club Med, pero diseñado para durar mucho más que una semana.
Paraguay atrae cada vez más atención en X por su sistema fiscal, pero también por la facilidad para obtener la residencia y un coste de la vida relativamente bajo.
El elemento humano detrás del cálculo
Este fenómeno no se limita a consideraciones económicas o de seguridad. Aquí es donde entra en juego la valiosa visión de la investigadora Anne-Meike Fechter, cuyo trabajo sobre los trabajadores expatriados muestra hasta qué punto las consideraciones personales y profesionales se entrelazan en los planes de reubicación.
Fechter observa que quienes deciden rehacer su vida en otro lugar no están haciendo simplemente una transacción geográfica. Es una declaración de valores. Sus elecciones: el país, el barrio, la escuela, el tipo de proyecto profesional desarrollado localmente, son expresiones de lo que son o de lo que quieren llegar a ser. Los empresarios que se trasladan a Panamá no sólo buscan pagar menos impuestos. Buscan un entorno que resuene con sus convicciones más profundas: una cierta lentitud aceptada, una relación diferente con la comunidad, una ética de vida que ya no encuentran en su país de origen.
En su nivel más íntimo, este proyecto es una reconstrucción de su identidad. El viaje aquí no desplaza un cuerpo en el espacio: reconstruye un yo en el tiempo. Estas familias y empresarios no están de vacaciones prolongadas. Están en proceso de reinventarse a sí mismos, utilizando la región como bloque de construcción personal. Y como todo proyecto serio de construcción de la identidad, éste requiere una base segura, este lugar, este país, este barrio, donde por fin se pueden dejar las herramientas y trabajar sin miedo.
El tour-ismo de la vida: cuando la experiencia se convierte en permanente
Aquí estamos, de nuevo donde empezamos, o mejor dicho, precisamente donde el punto de partida ya no existe.
El turismo residencial es quizás la respuesta más radical que nuestras sociedades contemporáneas han formulado a la volatilidad del mundo. Donde el turismo tradicional ofrece un paréntesis, el turismo residencial ofrece una reescritura completa. Una experiencia agradable, tranquilizadora y enriquecedora, cultural, social y personalmente, ya no puede comprarse por semanas. Se construye día a día en un país elegido no por casualidad sino por convicción.
Este cambio cuestiona los fundamentos mismos de la industria turística. Si viajar se convierte en una estrategia de vida permanente, si el destino se convierte en el hogar, ¿qué queda del viaje? Quizá esto: el espíritu del viajero. Esa capacidad de mirar el mundo con ojos nuevos, de cuestionar la evidencia de dónde se está, de no dar nunca por sentado un territorio.
El turista residencial no regresa al punto de partida. Pero sí lleva consigo la actitud del viajero allá donde va. Y ésta es quizá la forma de libertad más duradera que ha producido el turismo.
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