En una galaxia muy, muy lejana, la ciencia participativa, también conocida como ciencia ciudadana, se desplegaba con celo. Eran una de las principales dinámicas de aprendizaje que ofrecían a todo el mundo la oportunidad de implicarse en la medida de su motivación.
Aunque la idea de una masa de ciudadanos contribuyendo al avance de la ciencia mediante la multiplicación de preguntas, acciones u observaciones minúsculas pero repetidas pueda parecer ciencia ficción, la vitalidad del fenómeno es muy real.
No contento con compartir coche, crear bancos colaborativos y poner en marcha y financiar proyectos de forma directa y colectiva, el "mundo de las co" ataca ahora el bastión de la ciencia. La ciencia participativa se ha inventado desde principios de los años 2010.
En Alemania, por ejemplo, 5.000 aficionados fueron capaces de capturar 17.000 mosquitos e identificar una nueva especie invasora, mientras que en 2014 en Inglaterra 66.000 voluntarios pusieron a disposición la potencia de cálculo de sus ordenadores para ayudar a probar 33.000 modelos de previsión de inundaciones relacionadas con el cambio climático.
Aunque la participación de no científicos en la investigación no es nueva, ha adquirido una nueva dimensión con la actuación de las tecnologías de la información y la comunicación. La ciencia participativa reúne dos palabras.
- La ciencia requiere validación por pares y condiciones de refutabilidad y reproducibilidad.
- La participación se define como la capacidad de los ciudadanos de sentirse concernidos y movilizados por un problema y de actuar para comprenderlo.
Los temas y métodos de investigación varían, al igual que el nivel de participación. Los ciudadanos pueden ser simples recolectores de datos(crowdsourcing), pueden contribuir a la interpretación de los datos(inteligencia distribuida), pueden participar en la definición del problema y la recogida de datos (ciencia participativa) o pueden participar en todas las fases de la investigación (colaboración plena).
La postura de los actores varía, desde el simple voluntario, pasando por el ciudadano iniciado, hasta el colaborador informado en la investigación.
Investigación-acción
La investigación-acción se remonta a principios del siglo XX y, con el auge de las sociedades científicas, ha contribuido sin duda a crear un caldo de cultivo para la participación ciudadana. La cienciometría muestra un aumento exponencial del número de publicaciones desde principios de la década de 2000. El fenómeno no sólo crece y se extiende en diversos sectores de actividad, sino que también es objeto de análisis e investigación.
Por ejemplo, se están escrutando las motivaciones expresadas, que revelan intereses en la producción de conocimientos, intereses profesionales, pasión, intereses sociales, curiosidad o una respuesta a compromisos ecológicos. En resumen, la ciencia participativa es un fenómeno mundial, en auge, con un fuerte sentido de unidad y objetivos diversos y contrastados.
Un impacto social en desarrollo
Los beneficios residen en la producción de conocimientos y en el impacto social, sobre una gran variedad de temas. También existen riesgos. Pueden ser técnicos (gestión del proyecto, interpretación de los datos, agotamiento), pero a menudo los expresan los propios científicos: desilusión con los resultados, mala calidad de los datos, riesgos para la autonomía de los investigadores, falta de rigor o manipulación del público.
En resumen, lo que la ciencia participativa nos ofrece es el eslabón perdido para ayudar a tomar gusto por el aprendizaje a una masa de individuos que pueden apasionarse por el tema pero que no siempre tienen acceso a apoyos, palancas o proyectos suficientemente estimulantes para empezar a trabajar en profundidad sobre el tema.
Ilustración: Bruce Rolff - ShutterStock
Irmás allá
Lea el informe sobre "La ciencia participativa en Francia ".
http://www.sciences-participatives.com/Rapport
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