Publicado el 07 de mayo de 2025Actualizado el 07 de mayo de 2025
Hannah Arendt y el totalitarismo político
Comprender para no hundirse en ella
Muchas personas tienen la impresión, al observar los acontecimientos recientes, de estar asistiendo a un resurgimiento del totalitarismo que tuvo lugar en torno a los años treinta del siglo XX. Por ello, el pensamiento de una filósofa vuelve a estar de actualidad: el de Hannah Arendt.
Ella misma tuvo que huir del régimen nazi en Alemania en 1933 y de la Francia ocupada en 1940, y fue testigo del ascenso y caída de estos regímenes. Su pensamiento se articula en torno a este fenómeno. En primer lugar, establece una distinción con la dictadura en el sentido de que el totalitarismo trata de apoderarse de todos los elementos sociales e individuos para aislarlos creando un clima de conspiración y paranoia.
Luego habla de que el trabajo alienante ha conducido a la banalidad del mal. Para ella, en una sociedad normal, el trabajo conduce al trabajo (es decir, a huellas concretas) y a la acción que permite a los individuos elevarse. Pero hoy en día, e incluso entonces, todo el énfasis se pone en el trabajo, llevando a los humanos a convertirse en "animales laborans" incapaces de trascenderse a sí mismos. Cosa que, por supuesto, encanta a los dirigentes totalitarios. Así que, para salir adelante, todo depende de la acción o la actividad, obligándonos a enfrentarnos a los demás, a revelarnos y descubrirnos para construir un mundo común.
Nuestros prejuicios nos tranquilizan en tiempos de paz, pero nos desarman en tiempos de agitación. Adoptando una vigilancia intelectual, transformamos la ilusión de lo imprevisible en una oportunidad para adaptarnos. No hay que predecir el futuro en su totalidad, sino enfrentarse a él con la mente abierta, para navegar más sabiamente por un mundo de Cisnes Negros.
Poco a poco se van desvelando los fundamentos neurobiológicos de la atención. Esto es útil cuando se quiere mejorar la capacidad de atención, sin depender únicamente de la fuerza de voluntad.
Para improvisar colectivamente, la principal habilidad que hay que desarrollar es la escucha, de uno mismo, de los demás y del sonido colectivo. La escucha auténtica es, por tanto, una habilidad que hay que mejorar y que requiere una formación específica.
Al haber cada vez más personas educadas y más conocimientos disponibles, la educación se convierte en el fruto de nuestras relaciones e interdependencias. En estas nuevas condiciones, el abandono del individualismo competitivo en la educación resulta casi evidente.