Más allá de las apariencias, los efectos de la calidad arquitectónica de las instituciones
¿Cuáles son las condiciones necesarias para que la arquitectura desempeñe un papel verdaderamente educativo?
Publicado el 01 de octubre de 2025 Actualizado el 02 de octubre de 2025
En Hyper-lieux, Michel Lussault (2017) define estos espacios como "puntos de intensidad", donde se condensan escalas locales y globales, flujos materiales y digitales, narrativas e imaginarios. Lejos de ser meros escenarios, constituyen entornos de experiencia que dan forma a las prácticas sociales. Para el aprendizaje, esto significa que el espacio no es neutro: afecta a la atención, la memoria y la creatividad.
Los hiperlugares se caracterizan por tres dimensiones que Lussault destaca:
Estas características concuerdan con las hipótesis de la cognición encarnada (Varela, Thompson y Rosch, 1993): aprender es siempre aprender en alguna parte, con nuestros cuerpos, nuestros sentidos y nuestros afectos. Lussault no habla explícitamente de pedagogía, pero su teoría arroja luz sobre el modo en que los lugares intensivos se convierten en aliados de la formación.
Un hiperlugar estimula la atención porque ofrece una variedad de señales sensoriales y sociales. Lussault describe las estaciones de tren y los aeropuertos como espacios saturados de información que obligan a seleccionar, priorizar e improvisar. En un contexto educativo, esta intensidad puede aprovecharse para entrenar la atención compartida.
Por ejemplo, algunas escuelas de arquitectura organizan talleres en estaciones de ferrocarril o en terrenos baldíos en proceso de rehabilitación: el entorno fomenta la observación, la cartografía y el diálogo con múltiples usuarios, creando una postura de escucha activa que el aula se esfuerza por generar.
La memoria se ancla en puntos de referencia materiales. Lussault nos recuerda que el hiperlugar es un "palimpsesto": cada pasaje deja una huella, cada gesto se convierte en sedimento. En un curso de formación, volver varias veces al mismo sitio -un jardín compartido, la plaza de un pueblo- permite vincular el aprendizaje a una memoria espacial y afectiva.
Los seminarios en residencia, muy utilizados en la enseñanza superior, se basan en este principio: la topografía, los olores y la luz se convierten en marcadores de memoria.
Al combinar lo local y lo global, las hiperlocalizaciones abren la imaginación. Lussault se refiere, por ejemplo, a los "terceros lugares" culturales o digitales donde se reúnen artistas, residentes e investigadores. En estos espacios híbridos se invita a experimentar: fabricar un objeto, inventar una historia, codificar un dispositivo. La creatividad nace de la fricción entre mundos y de la oportunidad de hacer suyo un lugar temporal.
La reconversión de antiguas fábricas en espacios artísticos o "terceros lugares" ofrece un rico terreno. Los másteres de geografía y sociología organizan talleres en los que los estudiantes trazan un mapa de los usos del solar, realizan encuestas entre los vecinos y proponen escenarios de desarrollo. El emplazamiento, con sus muros cicatrizados y su ruido industrial residual, actúa como un interlocutor que estimula tanto el análisis histórico como la proyección creativa.
Los paseos, ya estudiados por Yi-Fu Tuan (2011) y retomados por los investigadores de la educación experiencial, ilustran la performatividad del espacio. Las escuelas de ingeniería están organizando "viajes de estudio a pie" a zonas en transición energética. Los estudiantes recorren pueblos y paisajes, se reúnen con representantes electos y residentes locales. Están anclados en el ritmo de sus pasos y la repetición de sus gestos, en consonancia con la "práctica activa" que Lussault identifica como constitutiva del hiperlugar.
Algunos campus universitarios se convierten en hiperlugares cuando acogen festivales, hackathones y cafés científicos. Las fronteras entre el estudio, la cultura y la vida cotidiana se difuminan. El espacio fomenta la copresencia y la interacción multidisciplinar, dos condiciones que Lussault considera fundamentales para la aparición de nuevas formas de conocimiento.
En el ámbito de la formación continua, varias organizaciones están diseñando seminarios "in situ": por ejemplo, un programa de gestión celebrado en un mercado de abastos o un puerto marítimo. Los alumnos observan la logística en tiempo real, hablan con los agentes económicos y luego relacionan estas observaciones con sus propias prácticas de gestión. En este caso, el hiperlugar económico actúa como un laboratorio viviente.
Abordar la cuestión de la co-construcción del conocimiento y el espacio requiere un cambio de enfoque pedagógico:
La obra de Michel Lussault demuestra que el aprendizaje nunca es abstracto: está situado, encarnado en espacios atravesados por flujos e historias. La intensidad, complejidad y copresencia de los hiperlugares los convierten en poderosos aliados del aprendizaje permanente.
Ya se trate de un descampado urbano, un mercado, un campus o un paisaje de montaña, cualquier lugar puede convertirse en un laboratorio de conocimiento siempre que se considere un colaborador en la educación, no un mero contenedor.
Referencia
Lussault, M. (2017). Hyper-lieux : Les nouvelles géographies de la mondialisation. París: Seuil.
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