Publicado el 10 de diciembre de 2025Actualizado el 10 de diciembre de 2025
¿Hemos perdido el sentido del amor?
¿Seguimos creyendo en este sentimiento en los tiempos que corren?
La cuestión del amor es sociológicamente muy interesante, como ha demostrado la socióloga Eva Illouz. Sobre todo hoy, cuando el modelo está experimentando una transformación radical.
Hubo un tiempo en que el amor no era un elemento esencial del matrimonio. Luego se convirtió en un ideal a alcanzar, una especie de imagen epinal que adormecía las comedias románticas y las películas de Disney, entre otras. Hoy en día, la búsqueda del amor se complica por dos sentimientos opuestos, según el sociólogo.
Por un lado, tenemos una sociedad que da mucha importancia a la racionalidad, la independencia y el amor propio en detrimento del amor de los demás.
Por otro lado, enamorarse significa volverse vulnerable, desarrollar una ligera dependencia de otra persona, etcétera.
Además, el sociólogo tiene dificultades con la idea de que debemos amarnos completamente a nosotros mismos. El reconocimiento, una importante necesidad humana, procede de los demás.
Es más, el modelo actual de las páginas de citas y el Tinder de este mundo ha hecho que las cosas sean más comerciales. Todos tenemos una lista de cosas que queremos y elegimos a quienes parecen corresponder a nuestras expectativas. Pero la atracción para el sociólogo viene de cosas que no se caracterizan realmente. Es un tono de voz, una sonrisa, un guiño, una risa, etc. Como resultado, todos acabamos como macetas en la estantería de una tienda esperando ser elegidos. Esta libertad ha provocado un cierto desencanto, como decía Max Weber, con la visión del amor.
¿Significa esto que debemos volver a una menor libertad o incluso prohibir los nuevos enfoques aportados por los movimientos queer y feminista? En su opinión, en absoluto. Sobre todo, hay que reinventar el modelo para que sea menos frío, menos comercial y deje espacio a la vulnerabilidad en una época en la que está mal vista.
El trabajo manual parece carecer de interés en comparación con el trabajo mental. Repetitivo, rutinario y carente de reflexión sobre sus objetivos, se dice incluso que empobrece la inteligencia. En cambio, autores como R. Sennett y M. Crawford nos muestran lo rico e interesante que es trabajar directamente sobre los objetos. Reparar objetos, o fabricar los nuestros propios, puede incluso darnos mayor libertad.
Una región rica con grandes disparidades de renta obtiene sistemáticamente peores resultados escolares que una región menos rica con menores disparidades de renta. Tanto a escala internacional como dentro de un mismo país o región, cuanto mayor es la diferencia de ingresos, menor es el rendimiento escolar global y mayor la tasa de abandono escolar. Reducir estas diferencias es el mejor indicador de progreso... en educación.
Las inteligencias artificiales han dejado de ser ficción para convertirse en realidad. Los algoritmos de los motores de búsqueda y las redes sociales son formas de inteligencia artificial con las que nos encontramos a diario. Sin embargo, a medida que avanza la inteligencia artificial, surgen muchas preguntas sobre la ética y las relaciones con los seres humanos. ¿Será capaz la inteligencia artificial de tomar buenas decisiones?
La IA generativa está transformando profundamente nuestra relación con el conocimiento y creando nuevas funciones para los formadores, a los que se pide que se conviertan en facilitadores del aprendizaje.
El mundo de la formación está lleno de historias que nos transmitimos unos a otros y que ilustran grandes principios pedagógicos. Estas historias cristalizan en torno a personajes, objetos o incluso conceptos. Forman una mitología colectiva que se comparte y se cuenta regularmente, consolidando nuestras representaciones. En este artículo les ofrezco una muestra parcial, desordenada y subjetiva de las historias que tejen una mitología.