La transición de la ingeniería de la formación al diseño pedagógico
Revisando la historia y la esencia del diseño, proponemos refrescar las prácticas de la ingeniería de formación para prepararnos para nuevas formas de entender el mundo.
Publicado el 18 de junio de 2026 Actualizado el 19 de junio de 2026
El vocabulario del coaching suele decir más que sus métodos. Detrás de expresiones que se han vuelto familiares, como «pregunta poderosa», «salir de la zona de confort», «efecto espejo» o «reencuadre», se perfila una determinada forma de concebir al ser humano, el cambio y la relación de acompañamiento.
Las palabras no son aquí meras herramientas descriptivas. Actúan como reveladoras de un imaginario profesional. Orientan las prácticas, las posturas y, a veces, incluso los efectos que se producen en las personas a las que se acompaña.
Desde la década de 1990, el coaching se ha desarrollado en un contexto marcado por el auge de las lógicas de rendimiento, la adaptación rápida y la responsabilización individual. El lenguaje utilizado lleva la huella de esta historia. Toma prestados masivamente conceptos del deporte, la mecánica, la estrategia militar o la psicología del rendimiento.
Sin embargo, desde hace unos diez años, está surgiendo progresivamente otro léxico en los ámbitos de la facilitación, las prácticas narrativas, el diálogo o los enfoques somáticos. Las metáforas del impacto y la percusión ceden allí parcialmente el paso a las de la escucha, el umbral, la atención o la resonancia.
Una de las expresiones más emblemáticas del coaching contemporáneo es la de la «pregunta poderosa». Se refiere a una pregunta capaz de provocar una toma de conciencia o un cambio interior. En numerosos relatos profesionales, esta pregunta actúa como un «desencadenante». Algunos profesionales hablan incluso de «golpe de martillo», una imagen reveladora de una intervención destinada a resquebrajear una creencia limitante o a golpear un punto ciego.
Este vocabulario remite a una concepción del cambio como ruptura. Hay que «desbloquear», «eliminar los frenos», «salir de la zona de confort», «pasar a la acción». El lenguaje está fuertemente impregnado de metáforas mecánicas. La persona aparece a veces como un sistema que hay que optimizar o volver a poner en marcha.
Esta orientación tiene una explicación histórica. El coaching moderno se estructuró entre los años 1980 y 2000 bajo la influencia conjunta de la gestión por objetivos, el desarrollo personal y la psicología positiva. Los trabajos sobre el modelo GROW o los realizados en el ámbito del rendimiento deportivo han contribuido en gran medida a difundir una imagen del coach como catalizador del rendimiento.
El lenguaje deportivo es omnipresente: «objetivo», «reto», «entrenamiento», «progresión», «potencial». En las organizaciones, esta gramática acompaña la evolución del trabajo contemporáneo hacia una mayor autonomía y autorregulación. La sociología (Boltanski) ha demostrado cómo el nuevo espíritu del capitalismo valora ahora la iniciativa individual, la adaptabilidad y la capacidad de transformarse continuamente.
El éxito de conceptos como «salir de la zona de confort» es revelador. Popularizada en los ámbitos de la formación conductual y el liderazgo, la expresión supone que el verdadero aprendizaje surge de la exposición a la incertidumbre. Algunas investigaciones en psicología del aprendizaje confirman que un nivel moderado de desestabilización favorece la atención y la memorización.
Pero varios autores también señalan los posibles excesos de una cultura permanente de superación personal. Estudios recientes sobre los riesgos psicosociales muestran que la exigencia continua de transformación puede provocar fatiga, desmotivación o pérdida de sentido.
La expresión «alineación» constituye otro ejemplo interesante. Muy utilizada en el coaching, se refiere a la coherencia entre valores, emociones, comportamientos y decisiones. Tras su aparente suavidad, este concepto también conlleva una exigencia normativa: ser coherente, transparente y auténtico.
Sin embargo, las investigaciones sobre el trabajo real muestran que las personas suelen lidiar con múltiples contradicciones, tensiones entre roles o exigencias paradójicas. La búsqueda de la alineación absoluta puede convertirse entonces en una fuente de culpa.
Las ciencias cognitivas han demostrado que las metáforas no solo sirven para ilustrar un pensamiento: estructuran la forma misma de comprender una situación. Los trabajos de Lakoff y Johnson (1980)hanpuesto de manifiesto el papel central de las metáforas en la organización de la experiencia humana. Decir que una persona está «bloqueada», «frenada» o «desalineada» ya orienta implícitamente las soluciones que se barajan.
En el coaching, las metáforas dominantes producen efectos concretos en las actitudes profesionales. Un coach que conciba el acompañamiento como «puesta en marcha» buscará naturalmente estimular la acción, a veces con rapidez. Quien conciba el cambio como un «recorrido» dará mayor prioridad a la resistencia o a la confrontación. Por el contrario, un enfoque basado en la escucha o la presencia movilizará otros gestos relacionales.
Los ámbitos de la facilitación colectiva ofrecen hoy en día un terreno especialmente interesante para la evolución léxica. En ellos surgen expresiones como «mantener el espacio», «acoger lo que surge», «apoyar la emergencia», «escuchar al sistema» o «dar cabida». Estas formulaciones están influenciadas por los enfoques sistémicos, la fenomenología, las prácticas contemplativas o las teorías del diálogo.
La transformación colectiva supone menos convencer que desarrollar una calidad de presencia que permita percibir «lo que busca emerger». El vocabulario cambia entonces profundamente. Ya no se habla solo de objetivos o de rendimiento, sino de escucha generativa, de presencia, de resonancia o de atención a lo vivo.
Las prácticas narrativas desarrolladas, en particular, por White también desplazan el centro de gravedad del lenguaje. Ya no se trata de «impactar» a una persona con una pregunta contundente, sino de abrir un espacio donde otra historia se haga habitable. Algunas preguntas se califican de «delicadas» u «hospitalarias» porque permiten explorar sin violencia zonas frágiles de la experiencia.
En los enfoques corporales y somáticos, el léxico evoluciona de otra manera. Los profesionales hablan ahora de «sentir un umbral», «escuchar las microsignales», «habitar una situación» o «seguir una sensación». El cambio ya no se concibe como una corrección, sino como una modulación de la relación con el entorno. Los trabajos derivados de la cognición encarnada, en particular los de De Varela et al. (1993), han contribuido a legitimar esta atención al cuerpo vivido como fuente de conocimiento.
La evolución del vocabulario del coaching no es una simple moda pasajera. Refleja una transformación más profunda de las expectativas contemporáneas respecto al acompañamiento humano.
En un mundo saturado de exigencias de rendimiento, algunos profesionales buscan ahora formas de relación menos extractivas y menos prescriptivas. Esta transformación se manifiesta claramente en las prácticas de diálogo colectivo. Mientras que algunos enfoques antiguos valoraban el debate contradictorio o la confrontación de ideas, los métodos inspirados en el diálogo de Bohm privilegian la suspensión del juicio, la escucha mutua y la exploración colectiva del sentido. El vocabulario se suaviza: se vuelve menos belicoso, menos mecánico y, a veces, más poético.
Este cambio no está exento de ambigüedad. Las nuevas expresiones «resonancia», «presencia», «vibración» y «energía» también pueden convertirse en fórmulas vacías cuando no van acompañadas de prácticas rigurosas. Existe el riesgo de sustituir una jerga gerencial por una jerga pseudospiritual.
Sin embargo, en esta transición léxica está en juego algo importante. Las palabras que se utilizan para acompañar a las personas nunca son neutras. Delinean implícitamente una antropología. Hablar en términos de «golpe de martillo» supone que hay que romper una resistencia. Hablar de «palabra acogedora» supone, por el contrario, que un ser humano se transforma más cuando encuentra un espacio lo suficientemente seguro como para explorar su experiencia.
Las investigaciones sobre la seguridad psicológica realizadas por Edmonson (2019) muestran precisamente que el aprendizaje colectivo depende menos de la presión ejercida sobre los individuos que de la calidad relacional del entorno. Los grupos aprenden más cuando pueden expresar dudas, desacuerdos o vulnerabilidades sin un miedo excesivo al juicio ajeno.
El lenguaje se convierte entonces en un componente del propio entorno de aprendizaje. Algunas formulaciones cierran la exploración. Otras abren posibilidades. Una pregunta puede actuar como un martillo. También puede actuar como un claro.
Referencias bibliográficas
Boltanski, L., y Chiapello, È. (2011). El nuevo espíritu del capitalismo. Gallimard.
Edmondson, A. C. (2019). The fearless organization. Wiley.
Gallwey, W. T. (1974). El juego interior del tenis. Random House.
Lakoff, G. y Johnson, M. (1980). Metaphors we live by. University of Chicago Press.
Scharmer, O. (2009). Teoría U: Liderar desde el futuro tal y como surge. Berrett-Koehler.
Varela, F. J., Thompson, E. y Rosch, E. (1993). La inscripción corporal de la mente. Seuil.
White, M. (2007). Mapas de la práctica narrativa. Norton.
Whitmore, J. (2017). Coaching para el rendimiento (5.ª ed.). Nicholas Brealey.
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