Según Tim Carmody, que publicó un artículo en The Atlantic el 25 de agosto de 2010 titulado 10 Reading Revolutions Before E-Books, el libro digital no es una ruptura aislada en la gran historia del libro y la lectura. Más bien hay que situar la aparición de este objeto en una perspectiva más amplia, para comprender que la evolución actual tiene sus raíces en revoluciones mucho más tempranas.
¿De qué revoluciones estamos hablando? La lista de Carmody es sorprendente. Incluye, por supuesto, la invención del alfabeto, la invención de la imprenta, el paso del pergamino al códice (el libro como objeto), la industrialización de la producción... pero estos fenómenos son considerados desde ángulos insólitos, con la ambición claramente declarada del autor de sostener el hilo que nos conduce a los últimos avatares de la lectura.
El alfabeto, instrumento del antiguo poder griego
La invención del alfabeto se contempla desde el ángulo de la fusión de lo oral y lo escrito en un número limitado de signos, que sirvió en gran medida al desarrollo de la cultura griega clásica: "La fusión de la oralidad y la escritura explica el poder de la cultura helénica clásica. Los cantos y las danzas se convirtieron en literatura. Los debates se convirtieron en retórica y filosofía. Así, los griegos pudieron incorporar los conocimientos del mundo civilizado a su propia lengua y transmitir su propia cultura amalgamada allá donde fueran ".
Otro ejemplo de gran revolución es la invención de la imprenta. Según el investigador citado por Carmody, la imprenta dio a los lectores la garantía de leer una réplica exacta del texto que deseaban. Esto tuvo como efecto la creación de una lengua común en una Europa extremadamente fragmentada en aquella época y la inclusión de todos los lectores de una misma lengua en una "comunidad imaginaria", crisol del concepto de Estado-nación. Además, la imprenta (y antes que ella, la propia escritura, pero ampliando radicalmente este fenómeno) estableció la primacía de lo visual sobre lo auditivo en la lectura de un texto, "allanando así el camino a nuestro presente atado a las pantallas ".
La expansión de culturas capaces de extenderse por el mundo a través de la palabra escrita y de integrar conocimientos forjados en otras civilizaciones, el dominio de lo visual... Estos fenómenos siguen caracterizando la forma en que leemos y distribuimos los textos, y el libro digital es sólo una ilustración más de ello.
En su artículo, Carmody destaca otras dos revoluciones de la lectura menos conocidas por el gran público.
El nacimiento de la lectura extensiva
En primer lugar, el paso de la lectura intensiva a la extensiva. En otras palabras, según el historiador alemán Rolf Engelsing, citado por Carmody, en el siglo XVIII pasamos de la lectura atenta y repetida de un número limitado de textos (la Biblia, algunas colecciones de poemas, etc.) a la lectura rápida y superficial de un gran número de textos (gracias sobre todo a la expansión de la prensa escrita). Se trata de una tendencia importante, con muchas excepciones (piénsese en el éxito de ciertas novelas que se leen una y otra vez, o incluso son aprendidas de memoria por sus adeptos), que tiene ecos en la época contemporánea; basta pensar en el coro de quejas contra la infobesidad, la cantidad de cosas que hay que leer e integrar desde que Internet ha aumentado el ritmo de difusión de la información hasta proporciones sin precedentes. Pensemos también en nuestras prácticas habituales de lectura en la red, en el aparente déficit de atención creado por la sistematización de hipervínculos en el cuerpo del texto, y veremos que las prácticas de lectura extensiva aún no han alcanzado sus límites.
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La verdadera revolución: la lectura vertical
En segundo lugar, el paso de la lectura vertical (en rollos de pergamino o papiro) a la lectura horizontal (en libros colocados sobre la mesa), con un retorno a la lectura vertical desde principios del siglo XX. Fue Walter Benjamin quien señaló este cambio ya en 1928, observando que el tamaño de las páginas de los periódicos nos obligaba a sostenerlas vertical u oblicuamente frente a nosotros, y que la organización de los textos en cada página también favorecía el movimiento vertical del ojo a través de la página. Walter Benjamin nunca experimentó la pantalla del ordenador; unas décadas más tarde, habría podido comprobar la validez de su observación. Y seguimos sosteniendo los terminales de lectura en ángulo frente a nosotros; en otras palabras, nos hemos deshecho del escritorio o la mesa que solían soportar grandes volúmenes y, desde la invención de los periódicos y los libros de bolsillo, llevamos nuestros materiales de lectura a todas partes con nosotros, cambiando simultáneamente el espacio y el tiempo de la lectura. Esta es la verdadera revolución, según Carmody, de la que el libro digital no es más que el último avatar.
En papel o en pantalla, simplemente leer
Este fascinante artículo se complementa con un segundo, que presenta los resultados de unas primeras encuestas realizadas entre una muestra de 1.200 personas que han adquirido recientemente un dispositivo de lectura en Estados Unidos. Los resultados muestran que la competencia entre el papel y los medios electrónicos no ha tenido un impacto negativo en los hábitos de los lectores que han cambiado de uno a otro. El 40% de los encuestados afirma que lee más desde que adquirió su lector electrónico, y el 58% dice que lee tanto como antes. Además, leer en un dispositivo electrónico no les ha hecho dejar de comprar libros de papel. Así lo confirma Amazon, el mayor vendedor mundial de libros digitales. Es más, los usuarios de e-readers leen en situaciones nada compatibles con esta actividad: una lectora dijo haber utilizado su e-reader... en una canoa-kayak. Y, como el famoso novelista Michael Connelly, aprecian el ahorro de espacio y peso (a la hora de llevar sus libros consigo) que les proporciona el e-reader. Las noticias de Japón confirman esta ventaja: parece que cada vez más japoneses escanean sus libros de papel, destruyéndolos en el proceso, para poder leerlos en su lector electrónico... y liberar un poco de espacio en sus casas.
¿Es el libro electrónico una revolución? Desde luego que no. El libro digital forma parte de una serie de cambios en los soportes y métodos de lectura que se vienen produciendo desde hace siglos. No se trata, pues, de una ruptura con el pasado, sino de un aprovechamiento de las posibilidades que ofrece la tecnología digital para aumentar aún más la portabilidad de los textos, el número de textos leídos y la difusión del material escrito más allá de las fronteras nacionales. Es más, los primeros resultados de la encuesta muestran que el libro electrónico, aunque socava el libro de papel como objeto industrial (del que a veces intentamos deshacernos, ya que no todos los libros merecen conservarse indefinidamente...), no perjudica a la lectura.
Como siempre, la perspectiva histórica ayuda a relativizar el alcance real de una innovación tecnológica, y a dar su verdadero valor a argumentos contradictorios.
10 Reading Revolutions Before E-Books Tim Carmody, The Atlantic, 25 de agosto de 2010
El ABC de la lectura electrónica Geoffrey A. Fowler y Marie C. Baca, The Wall Street Journal, 25 de agosto de 2010
Todo sobre el "jisui " Virginie Clayssen, teXtes, 20 de agosto de 2010
Fotos: goXunuReviews, Flickr, Licencia CC y Wikimedia Commons.
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