En el ámbito educativo convencional, la evaluación es una herramienta que ya suscita debate, pero en el sector de la asistencia y la formación puede resultar totalmente contraproducente.
¿Para qué sirve la evaluación?
La evaluación es como cualquier otra herramienta: hay que saber para qué sirve para poder utilizarla correctamente. En el ámbito educativo convencional, ya solía definir para qué servía mi evaluación (nota y valoración) antes de elegir las modalidades. Una vez en el ámbito de la atención educativa, tuve la suerte de intercambiar opiniones con compañeros con amplia experiencia en esta enseñanza tan enriquecedora, pero tan diferente, y he querido compartir con vosotros las conclusiones en este artículo.
En primer lugar, conviene distinguir dos elementos: la evaluación puramente académica vinculada a un nivel, y otra menos oficial que permite situar al alumno en relación consigo mismo.
En el primer caso, la evaluación debe permitir situar al alumno en una escala de clasificación en la que, a menudo, un 10/20 constituye la nota a partir de la cual la institución considera que el alumno dispone del mínimo necesario para continuar sus estudios u obtener un título o superar una oposición.
En el segundo caso, se trata más bien de un acompañamiento marcado por progresos esperados o deseados, aunque no siempre en términos de conocimientos. La evaluación no siempre es sinónimo de notas, ya que muchos niveles se evalúan según el grado de adquisición de un marco de referencia de conocimientos, mediante un código de colores o letras. En cualquier caso, la experiencia sobre el terreno demuestra que la evaluación no tiene realmente valor pedagógico si no va acompañada de una valoración precisa y personalizada.
Evaluación y atención a los estudios
Más aún que en otros ámbitos, la atención a los estudios requiere benevolencia y perspectiva. No siempre se trata de poner notas para pasar al curso superior. Así, en algunos casos, puede tratarse de evaluar la capacidad de un joven para retomar un itinerario académico —por ejemplo, tras un ictus— o de determinar en qué medida puede volver a cursar sus estudios en un centro ordinario.
En ese caso, no hay realmente una dimensión académica, sino más bien pedagógica, para ver en qué medida sabrá adaptarse a los criterios establecidos por el Ministerio. Por ejemplo, para un joven que lleva mucho tiempo sin asistir a la escuela, se puede planificar un itinerario educativo de varios años (bachillerato en cuatro años: dos años de primero y dos años de segundo) con una evaluación con escaso carácter académico (salvo en las asignaturas de examen), sino que se centra más bien en la implicación, el esfuerzo y los progresos realizados. Así, en el caso de una persona con fobia que no ha salido de casa durante varios años y, por lo tanto, lleva mucho tiempo sin asistir a la escuela, es más sensato evaluar lo que es capaz de lograr, si se motiva para asistir y proporcionarle las herramientas necesarias para avanzar, que calificarlo en clases a las que nunca ha asistido.
Calificar para acompañar, no para sancionar
En el caso de algunos, habrá que esperar a que alcancen un nivel mínimo aceptable desde el punto de vista psicológico (8 o 9 sobre 20), mientras que a otros se les podrá calificar sin revelarles nunca la nota, ya que esto les causaría más estrés que otra cosa.
Otros, en cambio, nunca se presentarán a los exámenes, aterrorizados solo con la idea. Esto requerirá, por tanto, otras formas de evaluación distintas de los exámenes escritos: participación, trabajo en clase, exposiciones, deberes... En el ámbito de la atención educativa, algunos alumnos solo serán evaluados académicamente de forma muy puntual, lo que no impedirá, sin embargo, que estos jóvenes obtengan su título con mayor o menor facilidad.
Se observa, por tanto, que la evaluación solo tiene sentido para orientar y reforzar al alumno en su aprendizaje, situarlo en relación con las expectativas académicas oficiales, pero también en relación con su propia evolución. Un alumno puede sacar un 15/20 sin haber estudiado y otro puede haber dedicado horas a una asignatura sin conseguir más que un 7/20. En ambos casos, la evaluación puramente académica no tendrá un interés real: quien no estudia no tiene mérito y corre el riesgo de perder rápidamente lo aprendido, mientras que quien se entrega de lleno al estudio no recibe ninguna recompensa y puede perder la motivación si no se le anima.
Esto es válido tanto en el entorno educativo ordinario como en el de los estudios de apoyo: la benevolencia y la evaluación pueden ser herramientas extremadamente poderosas para motivar a los alumnos, sean «buenos» o no, siempre que se elijan adecuadamente.
Lo más importante en ambos entornos parece, por tanto, definir bien el objetivo de la evaluación antes de ponerla en práctica: debe formar parte de un proceso global de aprendizaje y no es un fin en sí misma.
Crédito de la foto: Gipuzkoako Foru Aldundia 2015-2019 a través de Foter.com / CC BY-SA
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