En un artículo publicado a principios de 2010, Stowe Boyd, analista estadounidense especializado en el estudio del impacto de las herramientas sociales en las empresas, los medios de comunicación y la sociedad, refuta la opinión generalizada de que la sobreabundancia de información está haciendo que la gente pierda la concentración.
Siempre conectados, a menudo ahogados...
En un artículo titulado La falsa cuestión de la economía de la atención, Stowe Boyd señala que muchos comentaristas creen hoy que hace tiempo que hemos superado nuestra capacidad de absorber y retener la información relevante que nos llega a través de Internet y otros medios, en un flujo continuo y burbujeante.
Reconoce el hecho de que cada vez somos más los que estamos obsesionados con la idea de perdernos algo importante en esta avalancha de información, lo que nos lleva a estar constantemente conectados a nuestra cuenta de Twitter, por ejemplo, un símbolo perfecto del flujo permanente de noticias en el que tenemos que seleccionar la pepita. También reconoce el hecho de que ahora favorecemos los sistemas de recomendación personal para distinguir el trigo de la paja, y que necesitamos que otros nos ayuden a construir una escala de valor de la información que recibimos. En resumen, ya no podemos hacerlo solos.
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El mito de la edad de oro del nivel adecuado de información
Pero si Boyd se explaya en su artículo sobre esta postura tan extendida, es sólo para refutarla.
Para ello, recurre a la historia. Señala que la cuestión del déficit de atención se planteó en estos términos ya en los años 70 del siglo pasado, es decir, mucho antes del nacimiento de Internet tal como lo conocemos hoy. Es más, cita a Diderot, filósofo francés del siglo XVIII, que ya observó que se había vuelto casi imposible encontrar la información que se buscaba en los libros, porque había muchos. Esto le llevó a crear la Encyclopédie, la primera de su género en francés, que reunía en una sola serie de volúmenes toda la información disponible en la época sobre ciencias, artes y oficios. En resumen, la Encyclopédie de Diderot y d'Alembert fue el Internet del siglo XVIII.
Boyd desarrolla a continuación sus reflexiones: en su opinión, todos los pesimistas que afirman que ya no somos capaces de orientarnos en la avalancha de información que nos abruma se aferran al mito de una supuesta edad de oro, un mundo en el que habríamos sido capaces de tomar decisiones con conocimiento de causa sobre la base de una información completa y suficiente, disponible en el momento oportuno. Evidentemente, esto no es cierto, pero constituye la base de todos los argumentos que acusan a la tecnología y a los medios de comunicación de destruir nuestras formas sociales más sofisticadas. Boyd no duda en afirmar que este presupuesto oculta en realidad un pesar mucho menos declarado, el de una época en la que era más fácil que hoy controlar la distribución y el contenido de la información, y dirigir el comportamiento de los consumidores que todos somos...
10 años para dominar el kárate. ¿Cuántos años para dominar la información?
Aunque Boyd no niega las dificultades que experimentamos para gestionar las ingentes cantidades de información a las que estamos expuestos, sostiene con contundencia que ello se debe sobre todo a que se trata de un fenómeno nuevo, y que necesitaremos tiempo para adaptarnos a él, inventar herramientas eficaces y enriquecer así de nuevo nuestra cultura común. Establece aquí un paralelismo con la invención de la escritura, que en la antigüedad se consideraba el instrumento de la pérdida de la cultura, pero que en realidad resultó ser un formidable vector de enriquecimiento para la humanidad.
Según Boyd, aprender a gestionar el flujo de información debe considerarse a escala generacional, algo que los defensores del déficit de atención no hacen. Menciona el hecho de que se necesitan al menos 10.000 horas de aprendizaje para dominar prácticas tan sofisticadas como tocar un instrumento musical o practicar un arte marcial. ¿Por qué no deberíamos darnos ese tiempo para mejorar nuestra capacidad de gestionar la información? Internet representa una revolución cultural y cognitiva tan importante como lo fue la escritura hace varios miles de años. Sólo abrazando esta nueva herramienta, experimentando con ella, pero sobre todo sollozando por un pseudoparaíso perdido, le sacaremos el máximo partido y contribuiremos así al inevitable y deseado avance de una cultura común.
Pero, ¿y si de lo que se trata es de compartir el poder?
Este exigente artículo tiene extensiones e ilustraciones en muchos campos, sobre todo en la educación. Los pocos estudios rigurosos que se han realizado sobre los efectos de las TIC en el aprendizaje de los alumnos demuestran que su uso genera un aumento significativo de ciertas competencias, en particular de la lectura y la escritura, como recuerda oportunamente Le Café Pédagogique al volver a publicar un estudio de Jean Heutte. No porque tengan cualidades intrínsecas "mágicas", sino simplemente porque ofrecen a los alumnos más oportunidades de leer y, sobre todo, de escribir, lo que a la larga resulta rentable. Al ampliar el acceso a formas de expresión sofisticadas, los medios digitales sacuden los viejos espacios de poder. A fin de cuentas, esto enlaza con la sospecha de Stowe Boyd de que quienes se apresuran a deplorar nuestro déficit de atención lloran sobre todo por la pérdida de su propio poder de control.
The False Question of Attention Economics, Stowe Boyd, Social Computing Journal, 22 de enero de 2010.
Ilustraciones: Allessandrini, Flickr, Licencia CC. Portada de la Encyclopédie de Diderot y d'Alembert.
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