En la era digital, pasamos cada vez más tiempo delante de pantallas. Ordenador, smartphone, tableta... Estas herramientas tecnológicas nos acompañan cada día, hasta el punto de que para muchos de nosotros se convierten en una prolongación de nosotros mismos. Las cifras hablan por sí solas: de media, un adolescente pasa entre 4 y 5 horas al día conectado, teniendo en cuenta todas las pantallas(1). Se trata de una cantidad de tiempo considerable, que plantea una pregunta esencial: ¿qué parte de esta masa de horas pasadas en línea estamos dedicando realmente a un aprendizaje estructurado y en profundidad?
Porque hay una diferencia fundamental entre el tiempo bruto pasado en línea y el tiempo útil dedicado a aprender. Por supuesto, siempre aprendemos algo navegando por Internet, interactuando en las redes sociales o jugando a videojuegos. Este aprendizaje incidental, "sobre la marcha", es útil, pero no sustituye al tiempo de estudio concentrado, cuando se está plenamente inmerso en un proceso cognitivo para comprender, memorizar y poner en práctica de forma sostenida. Es este tiempo de calidad, en el que te enfrentas a una cierta forma de esfuerzo y desafío intelectual, el que realmente te ayuda a progresar y mejorar tus habilidades.
El problema es que este tiempo se ve cada vez más reducido, fragmentado y obligado a competir con la cantidad de actividades en línea que nos ocupan constantemente. Correos electrónicos, notificaciones, vídeos, noticias... Todo ello devora nuestra atención sin que siempre seamos conscientes de ello. El resultado: cuando llega el momento de concentrarnos en un aprendizaje más exigente, nuestra energía cognitiva ya se ha agotado y nuestra capacidad de concentración está permanentemente mermada.
Ante esta constatación, podemos cuestionar nuestra relación con el tiempo conectado y aprender a distinguir mejor entre lo accesorio y lo esencial. Al fin y al cabo, es la calidad de nuestro tiempo de aprendizaje, más que su cantidad, lo que determina nuestro desarrollo personal y profesional a largo plazo. Se trata de una toma de conciencia saludable en un momento en el que la tecnología digital hace retroceder constantemente los límites de la saturación cognitiva.
Tiempo de pantalla: un indicador engañoso
Las estadísticas sobre nuestro consumo de pantallas son impresionantes. Según una encuesta reciente, los niños de 1 a 6 años pasan hasta 2 horas al día frente a una pantalla, mientras que los de 7 a 13 años podrían pasar hasta 3 horas, todas las pantallas juntas. En el caso de los adolescentes, esta cifra se eleva a más de 5 horas diarias(1). A lo largo de la vida, esto representa varios años de tiempo acumulado en Internet, redes sociales, videojuegos, aplicaciones móviles, etc.
Pero esta cantidad bruta de tiempo, por masiva que sea, es en realidad un indicador engañoso cuando se trata de aprender. Porque no todas las actividades en línea son iguales en términos de compromiso cognitivo y beneficios educativos(2). Navegar de enlace en enlace, desplazarse por un feed de noticias, ver vídeos de reproducción automática... Aunque estos comportamientos pueden proporcionar una forma de descubrimiento y estimulación intelectual, a menudo son bastante pasivos y superficiales en términos de aprendizaje.
De hecho, el tiempo que pasamos en línea rara vez se dedica plenamente al estudio y la concentración(3). Es un tiempo fragmentado, intercalado con múltiples microactividades que exigen nuestra atención en mayor o menor grado. Pasamos rápidamente de una aplicación a otra, de un contenido a otro, sin tomarnos siempre el tiempo necesario para digerir y profundizar en la información recibida. Esta dispersión de la atención, unida a la práctica de la multitarea digital, puede resultar paradójicamente perjudicial para la calidad de nuestro aprendizaje(4).
Un aprendizaje eficaz requiere un esfuerzo cognitivo sostenido y la capacidad de concentrarse en un tema o tarea durante mucho tiempo. Es manteniendo nuestra atención en un contenido exigente, analizándolo en profundidad y movilizando activamente nuestros conocimientos como desarrollamos nuevas habilidades. Pero este tipo de compromiso se ve socavado por la fragmentación y la dispersión inherentes a muchas actividades en línea.
Así que el tiempo que pasamos delante de las pantallas no debe tomarse como una medida fiable del tiempo real dedicado al aprendizaje. Enmascara realidades muy distintas en términos de valor educativo. Esto nos invita a cuestionar nuestra relación con la tecnología digital y a distinguir más claramente, en la masa de nuestras actividades conectadas, entre las que realmente nos ayudan a progresar y las que simplemente nos mantienen ocupados de una manera más superficial(5).
Aprender eficazmente: las condiciones de un aprendizaje de calidad
Para aprender de forma óptima, no basta con acumular tiempo de conexión o multiplicar los recursos en línea(6). El aprendizaje eficaz se basa en un conjunto de condiciones que favorecen el compromiso cognitivo y el progreso duradero de las competencias(7).
- En primer lugar, es esencial tener una motivación intrínseca, un auténtico deseo de aprender y desarrollarse. Esta motivación es el motor que permite mantener un esfuerzo cognitivo sostenido en el tiempo, superando las dificultades y los momentos de duda. Se alimenta de un proyecto, de una visión clara de los objetivos a alcanzar y de los beneficios a largo plazo.
- En segundo lugar, un aprendizaje de calidad implica concentrarse plenamente en actividades dedicadas, diseñadas específicamente para trabajar las competencias objetivo. No se trata de revolotear entre distintas áreas de contenido, sino de dedicarse de forma centrada y estructurada a un itinerario de aprendizaje coherente. Cada actividad debe tener un objetivo preciso, instrucciones explícitas y movilizar activamente las facultades cognitivas.
- Otro factor clave del éxito es la práctica regular y la repetición a lo largo del tiempo. Uno no se convierte en experto viendo pasivamente un vídeo o leyendo un artículo, sino practicando intensa y deliberadamente. Es fundamental aplicar los conocimientos, practicar en diversas situaciones y recibir comentarios pertinentes para ajustar la práctica. Así es como el conocimiento se afianza y se convierte en una auténtica destreza.
- Por último, para aprender eficazmente es esencial desarrollar la metacognición, es decir, la capacidad de reflexionar sobre los propios procesos de aprendizaje. Esto implica tomar conciencia de los propios puntos fuertes y débiles cognitivos, las estrategias de estudio, la gestión del tiempo y la motivación. Al perfeccionar este conocimiento de uno mismo como alumno, uno se vuelve más autónomo y más capaz de regular su aprendizaje.
En resumen, el aprendizaje de calidad moviliza recursos cognitivos, metacognitivos, motivacionales y estratégicos. Requiere un compromiso profundo y regular con objetivos explícitos. Sólo en estas condiciones el tiempo invertido puede transformarse en ganancias reales de competencias, mucho más allá del simple consumo pasivo de contenidos digitales. Esta observación sugiere que debemos replantearnos el uso que hacemos de las pantallas para que sean más significativas y eficaces en términos educativos(7).
Obstáculos al tiempo óptimo de aprendizaje
En el entorno digital actual, hay una serie de obstáculos que pueden impedir que el tiempo de aprendizaje sea realmente productivo y de alta calidad(6).
- El primero de ellos es, sin duda, la omnipresencia de solicitudes y notificaciones que perturban nuestra concentración. Smartphones, ordenadores, tabletas... Todas estas pantallas generan un flujo casi continuo de estímulos que captan nuestra atención y nos distraen de tareas más exigentes desde el punto de vista cognitivo. Cada alerta, cada mensaje, cada actualización actúa como una pequeña distracción que fragmenta nuestro tiempo y nuestra concentración mental.
- Otro gran obstáculo es la tentación de la procrastinación y la gratificación inmediata. Ante un aprendizaje que requiere un esfuerzo sostenido, es tentador recurrir a actividades en línea más fáciles y de recompensa más rápida. Desplazarse por las redes sociales, ver vídeos entretenidos, jugar a juegos poco complicados... Estos comportamientos ofrecen una satisfacción inmediata pero limitada, en detrimento del compromiso con tareas de aprendizaje más difíciles pero más beneficiosas a largo plazo.
- A esto se añade el riesgo de fatiga cognitiva y de saturación ante la masa de información disponible en línea. Tenemos acceso a una cantidad casi ilimitada de recursos, contenidos y datos. Aunque esta abundancia es una oportunidad para aprender, también puede llegar a ser abrumadora y contraproducente. Navegar de enlace en enlace, consumiendo fragmentos de conocimientos dispersos, puede conducir a la sobrecarga mental y al desánimo ante el ingente volumen de conocimientos que hay que dominar. Esta saturación cognitiva se ve amplificada por el ritmo a menudo frenético y multitarea de las actividades en línea.
- Un último obstáculo radica en la creciente dificultad de apartarse del flujo digital para asentarse y concentrarse en el aprendizaje en profundidad. Acostumbrados a la estimulación y la gratificación constantes, podemos experimentar una verdadera carencia, una sensación de vacío en cuanto nos encontramos fuera de línea, en un exigente encuentro cara a cara con el conocimiento que necesitamos construir. Esta dependencia de los estímulos digitales mina nuestra capacidad para tolerar la frustración y el esfuerzo inherentes a todo aprendizaje complejo(8).
Frente a estos múltiples obstáculos, es crucial desarrollar estrategias para preservar y optimizar el tiempo de aprendizaje en profundidad. Se trata de tomar conciencia de los mecanismos que nos distraen de un compromiso cognitivo sostenido y de reservar voluntariamente periodos de tiempo dedicados a desconectarnos de las distracciones digitales. Se trata de recuperar el control de nuestra atención y de nuestras prioridades de aprendizaje, para no dejarnos guiar pasivamente por dispositivos tecnológicos diseñados más para capturar nuestro tiempo que para darle un uso intelectual.
Medir el tiempo útil de aprendizaje: un problema y un reto
Aunque está claro que existe una disociación entre el tiempo bruto de conexión y el tiempo útil de aprendizaje, la medición de este último sigue siendo compleja. ¿Cómo evaluar con precisión la calidad y la productividad de nuestras actividades de aprendizaje electrónico? Se trata de un verdadero reto metodológico, ya que son muchos los factores que intervienen y a menudo difíciles de cuantificar.
Para ir más allá del simple recuento del tiempo pasado frente a una pantalla, necesitamos evaluar el grado real de compromiso cognitivo del alumno. Esto significa observar no sólo la duración, sino también la intensidad y profundidad de su actividad mental. ¿Se concentra en el contenido, moviliza activamente sus conocimientos, establece vínculos y formula preguntas? ¿O está en una postura más pasiva, disperso entre varias tareas? Todos estos matices están fuera del alcance de las medidas cuantitativas tradicionales.
Algunas herramientas digitales intentan abordar esta realidad del compromiso cognitivo, por ejemplo ofreciendo un seguimiento preciso del tiempo dedicado a cada recurso, las interacciones realizadas y el rendimiento alcanzado en los ejercicios. Los sistemas de autoevaluación también pueden ayudar a los alumnos a hacer un seguimiento de su nivel de concentración, motivación y sensación de progreso. El desarrollo de aplicaciones para el seguimiento de las facultades atencionales abre también interesantes perspectivas para objetivar la calidad de la concentración cognitiva.
Pero a pesar de estos avances, medir con precisión la calidad del aprendizaje sigue siendo un reto, porque la calidad no es sólo un conjunto de parámetros cuantificables; también es una cuestión de experiencia subjetiva, del significado que se da al conocimiento y de la integración personal del conocimiento. Todas estas dimensiones son más difíciles de traducir en parámetros normalizados.
Además, cada alumno tiene necesidades, ritmos y formas de aprender únicos(9). Lo que será tiempo útil para un alumno no lo será necesariamente para otro. Mientras que algunos necesitan muchos ejercicios repetitivos, otros progresarán más mediante la exploración libre e independiente. Mientras que algunos se sienten cómodos con el aprendizaje fragmentado, otros necesitarán largos periodos continuos de concentración. Esta variabilidad interindividual dificulta aún más el desarrollo de medidas universales de la calidad del tiempo de aprendizaje.
Así pues, aunque es crucial tratar de evaluar y valorar mejor el tiempo de aprendizaje útil, sin duda tenemos que aceptar cierto grado de aproximación y singularidad en esta medición. El reto consiste en encontrar un equilibrio entre indicadores genéricos que permitan identificar tendencias globales y un enfoque más personalizado que respete la diversidad de los alumnos. Este es el precio que tendremos que pagar si queremos desarrollar una verdadera cultura de la calidad del tiempo de aprendizaje, por encima de la cantidad bruta de tiempo conectado.
El efecto de la inteligencia artificial en el tiempo de aprendizaje
En un momento en que la inteligencia artificial (IA) está cada vez más presente en nuestras vidas, podemos preguntarnos sobre su efecto en la calidad de nuestro tiempo de aprendizaje(10). Las herramientas de IA, como los asistentes virtuales o los sistemas de recomendación, están diseñadas para facilitarnos el acceso a la información y ayudarnos en nuestras tareas cotidianas. Pero esta asistencia omnipresente también puede tener efectos ambivalentes sobre nuestro compromiso cognitivo y nuestra autonomía de aprendizaje(11).
Por un lado, la IA puede ser una herramienta formidable para personalizar los itinerarios de aprendizaje, ofreciendo recursos y actividades adaptados al nivel y las necesidades de cada alumno. También puede proporcionar información inmediata sobre los errores y las áreas de mejora, fomentando un progreso más rápido. Bien utilizada, la IA puede optimizar el tiempo de aprendizaje, haciéndolo más eficaz y pertinente.
Pero, por otro lado, el recurso sistemático a la ayuda de la IA también puede generar una forma de dependencia cognitiva y pasividad intelectual(12). Al confiar tanto en las sugerencias y respuestas que nos proporcionan los algoritmos, podemos perder el hábito de buscar por nosotros mismos, de enfrentarnos a la complejidad y la incertidumbre. El riesgo es que desarrollemos un conocimiento "prefabricado" que no arraigue a largo plazo por falta de compromiso cognitivo.
Además, la "ayuda de la inteligencia artificial" puede influir enormemente, por no decir sesgar, nuestro enfoque, nuestras ideas y la forma en que abordamos un tema(13). Su total disponibilidad, a cualquier hora del día o de la noche, 7 días a la semana, más que la de cualquier otra persona, la convierte en un competidor importante y puede hacernos totalmente dependientes de ella. Al sugerir formas de pensar y soluciones prefabricadas, la IA puede obstaculizar el desarrollo de un pensamiento verdaderamente autónomo y creativo.
Para sacar el máximo partido de la IA sin caer en su trampa, es fundamental aprender a utilizarla de forma razonada y controlada. Esto significa entender cómo funciona, sus puntos fuertes y sus limitaciones, y mantener una mirada crítica sobre sus propuestas. También significa saber alternar juiciosamente los momentos en los que recurres a su ayuda con aquellos en los que te tomas tiempo para pensar y aprender por ti mismo, con el fin de cultivar tu autonomía cognitiva.
Si se integra adecuadamente en un enfoque de aprendizaje reflexivo, la IA puede convertirse en un valioso aliado para optimizar el tiempo de estudio, siempre que no delegues ciegamente en ella el control de tu pensamiento. Cultivando esta complementariedad inteligente entre el alumno humano y el asistente de la máquina podremos hacer del tiempo conectado una experiencia de aprendizaje verdaderamente fructífera y emancipadora.
Pantallas y compromiso cognitivo
Al final de este debate, queda claro que el tiempo pasado frente a las pantallas no puede equipararse de forma simplista con el tiempo real dedicado al aprendizaje. Aunque las herramientas digitales ofrecen innegables oportunidades para acceder al conocimiento y desarrollar habilidades, su uso no garantiza por sí mismo un compromiso cognitivo profundo y duradero.
El gran número de solicitudes en línea, la tentación de dispersarse y obtener una gratificación inmediata, la fatiga cognitiva vinculada a la sobrecarga de información... Todos estos son obstáculos que pueden reducir la calidad de nuestro tiempo de aprendizaje, a pesar de una conexión prolongada. Con el auge de la IA, también existe el riesgo de dependencia cognitiva de los asistentes virtuales, lo que puede reducir nuestra capacidad de pensar y aprender por nosotros mismos.
Ante estos retos, es esencial desarrollar una mayor vigilancia y control sobre nuestra relación con la tecnología digital y la IA. El reto consiste en encontrar un equilibrio entre el recurso ocasional a su ayuda, para optimizar determinadas tareas, y el tiempo dedicado a cultivar el pensamiento autónomo y el compromiso cognitivo sostenido. Es preservando el tiempo dedicado al aprendizaje en profundidad, alimentado por nuestro propio pensamiento, como podremos hacer del tiempo conectado una verdadera palanca de desarrollo personal e intelectual.
Al fin y al cabo, es la calidad de nuestra presencia cognitiva y nuestra implicación reflexiva lo que hace que el valor de nuestro tiempo de aprendizaje sea mucho mayor que el mero número de horas pasadas detrás de una pantalla. Es una toma de conciencia saludable si no queremos dejarnos guiar pasivamente por las herramientas tecnológicas, sino convertirlas en auténticos aliados al servicio de un aprendizaje libremente consentido y plenamente habitado.
Ilustración: Generated by AI - Flavien Albarras
Referencias
2-Los efectos de los sistemas y herramientas multimedia en la cognición, el aprendizaje y la enseñanza
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ttps:// edutice.hal.science/edutice-00000351/document
3-NOY, Claire y CASES, Anne Sophie, 2023. En busca de una definición del tiempo conectado.
Netcom. Réseaux, communication et territoires [en línea]. 16 de febrero de 2023. N° 37- 1/2. DOI
10.4000/netcom.7918. [Consultado el 28 de septiembre de 2024].
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ttps:// journals-openedition-org.sid2nomade-1.grenet.fr/netcom/7918
6-RENAUD, Gilbert, 2012. Les conditions d'apprentissage confrontées aux nouveaux habits de la formation.
Pour. 2012. Vol. 215216, nº 3, pp. 22-34. DOI
10.3917/pour.215.0022.
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11- IA para aprender y comprender mejor
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ttps:// inria.hal.science/hal-04037828/file/output-1.pdf
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