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Publicado el 27 de agosto de 2025 Actualizado el 27 de agosto de 2025

Terceros lugares, ¿las localidades del mañana?

Lo que los lugares dicen de una región

Fuente : denis cristol

En la larga historia de los territorios, las localidades son huellas orales. Sus nombres proceden de la gente que vive aquí, camina por aquí, cultiva aquí o cruza por aquí, y marcan un lugar de memoria o significado. "Le bois des âmes", "La fontaine aux loups", "La croix du poète": todos microtopónimos que cuentan una historia, una relación, un uso.

Se dice que estos lugares no sólo designan, sino que anclan una relación con el mundo en el lenguaje. Y esto es precisamente lo que los terceros lugares parecen revivir hoy, bajo otra forma.

Pero, ¿qué son? No son propiamente viviendas, ni oficinas, ni talleres, ni lugares de ocio o educación. Son espacios híbridos, intersticios, entornos donde se inventan otras formas de estar juntos. Bibliotecas activas, eriales artísticos, granjas compartidas, fablabs, centros de proyectos o espacios comunitarios: sus nombres varían y sus funciones cambian. Lo que les une no es tanto lo que son como lo que nos permiten decir y hacer.

Del "lieu-dit" al "lieu-disant

El lugar-dicho era lo que se decía sobre el lugar. El tercer lugar podría referirse a lo que se dice allí ahora, de un modo que compromete, propone, delibera y conecta. Si el place-dit preservaba el pasado en una oralidad patrimonial, el tiers-lieu lo abre al futuro en una oralidad política.

Aquí se celebran círculos, reuniones, historias de vida, debates abiertos, discusiones sobre proyectos y sueños de alternativas. En este sentido, son lugares de discurso, escenarios para hablar sobre el territorio. La palabra que se pronuncia en estos espacios no es meramente descriptiva. Es performativa, en el sentido que le da John Austin (1962): decir, aquí, es hacer. Decir "vamos a montar una fábrica cooperativa de conservas", "estamos montando un taller compartido" u "organizamos noches de escucha" en un tercer lugar no es sólo un deseo: a menudo es ya iniciar el proceso. El espacio se transforma al expresarse de otra manera. La palabra se convierte en el lugar.

Una voz colectiva, local

No es la voz del experto planificador ni del político delegado. Es la voz de la gente que vive allí, tanto si llevan mucho tiempo viviendo allí como si llegan con la intención de hacer algo común. El tercer lugar se convierte en una interfaz entre lo individual y lo colectivo, entre lo local y lo global, entre la experiencia vivida y el proyecto. Experimentan una forma de gubernamentalidad vernácula, según la expresión de James C. Scott. Scott (1990), en la que las decisiones se toman a escala humana, con un conocimiento detallado del contexto.

Desde este punto de vista, los terceros lugares parecen ser los narradores del territorio. Inventan narrativas compartidas, producen diagnósticos sensibles y generan visiones enraizadas en la experiencia. De este modo, el lugar se convierte no sólo en el lugar que acoge, sino también en el lugar que habla. Un espacio que no es neutral, sino que está cargado de una intención discursiva: decir lo que queremos que ocurra.

Una dinámica mesológica: decir y habitar

El filósofo Augustin Berque (2000) ha propuesto el término mesología como forma de pensar la co-constitución entre el ser humano y su entorno. En su opinión, no se trata de una relación utilitaria con el entorno, sino de un habitar poético: producimos nuestro mundo habitándolo, y él nos produce a cambio.

Los terceros lugares forman parte de esta mesogénesis: son lugares donde vivimos diciendo, donde discurso, acción y materialidad son inseparables. En esta lógica, los terceros lugares no son herramientas de desarrollo, sino entornos de refiguración del territorio. Lo transforman a través del relato, del hacer, de la atención colectiva. Son umbrales: entre lo íntimo y lo político, entre el proyecto individual y el futuro común.

El retorno a los lugares parlantes

Si seguimos esta interpretación, los terceros lugares no son simples equipamientos o espacios de coworking. Son los nuevos lugares parlantes del territorio: ya no están marcados por un acontecimiento pasado que no debe olvidarse, sino que son portadores de una narrativa en construcción. Acogen lo nuevo, lo posible, lo frágil. Dan voz al silencio de la zona. Permiten a la población local volver a ser los autores del lugar, en los dos sentidos de la palabra: los que hablan del lugar y los que lo hacen realidad.

Así que sí, los terceros lugares son quizá los lugares del mañana, no porque preserven la memoria, sino porque inventan el significado, el terreno común y el futuro. En ese sentido, son laboratorios para la creación de una narrativa por parte de los residentes.

Referencias

Austin, J. L. (1962). How to Do Things with Words. Oxford: Clarendon Press.

Berque, A. (2000). Écoumène: Introduction à l'étude des milieux humains. París: Belin.

de Certeau, M. (1990). L'invention du quotidien. Tome 1: Arts de faire. París: Gallimard.

Lefebvre, H. (1974). La production de l'espace. París: Anthropos.

Scott, J. C. (1990). Domination and the Arts of Resistance: Hidden Transcripts. New Haven: Yale University Press.


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