El mundo actual gira en torno a plazos constantes. La velocidad es útil, pero puede afectar a nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras relaciones sin que nos demos cuenta. Todos los días corremos, producimos, perseguimos y, al final, nos quemamos. ¿Por qué, a pesar de todas las herramientas para ir más rápido, nos sentimos más agotados que nunca? ¿De qué sirve estar presente si nuestros pensamientos ya están en otra parte, centrados en la siguiente tarea?
Más herramientas, menos vida.
En su obra Éloge de la lenteur (Elogio de la lentitud ), el periodista y escritor canadiense Carl Honoré plantea una paradoja. Señala que la humanidad nunca ha dispuesto de tantas herramientas para ahorrar tiempo. A pesar de ello, seguimos sintiendo falta de tiempo para todas las cosas que hacemos.
En nuestra vida cotidiana, por ejemplo, nuestros teléfonos inteligentes nos permiten estar disponibles en todo momento, las aplicaciones nos permiten gestionar nuestra agenda al segundo, los transportes evolucionan y se aceleran, en el trabajo se utilizan herramientas digitales para agilizar las tareas y su seguimiento; sin embargo, algo se resiste. En definitiva, buscamos diversas formas de agilizar lo que hacemos y hacernos la vida más fácil; pero en el fondo, nuestro propio ser ya no da abasto.
De hecho, la OMS (Organización Mundial de la Salud) reconoció esta realidad en 2019: cada año, la depresión y la ansiedad en la oficina nos cuestan 12.000 millones de días laborables en todo el mundo. Detrás de esta cifra, millones de personas que sufren ya no pueden salir adelante. Esta falta de bienestar supone un despilfarro para la economía mundial, con un coste de 1 billón de dólares en productividad perdida.
En resumen, corremos cada vez más deprisa, pero acabamos olvidando por qué.
El cuerpo está ahí. La mente ya está en otra parte.
El agotamiento a veces es invisible. Puedes sonreír, responder a los demás y estar físicamente presente, pero por dentro ya te has rendido. Estás ahí, pero tu corazón ya no está en ello.
En el mundo en que vivimos, estar físicamente presente ya no es suficiente. Vivimos en una urgencia constante y nuestras mentes rara vez están en el mismo lugar que nuestros cuerpos. Comemos mientras respondemos a mensajes. Escuchamos a alguien, preparando lo que vamos a decir. Pasamos una tarde con la familia, pero nuestra mente está en la reunión del día siguiente.
Vivir así nos convierte en fantasmas. Es el precio que hay que pagar por querer hacerlo todo demasiado deprisa. Acabas en ninguna parte. Esta forma de vivir nos destruye silenciosa, insidiosamente.
No es casualidad que la investigación científica confirme esta sensación. Un equipo de investigadores dirigido por Stéphanie Cœugnet ha demostrado que cuando el cerebro está sometido a estrés crónico, ya no puede procesar el entorno con la misma profundidad. Este fenómeno se denomina "presión del tiempo", y significa que los seres humanos actúan de forma diferente. Pasan el tiempo ordenando las cosas, intentando simplificarlo todo o planeando lo que va a ocurrir a continuación. Y mientras tanto, nos perdemos por completo el presente.
Lo queremos, pero no sabemos cómo. Estamos tan acostumbrados a correr que nos hemos vuelto adictos a ello: en cuanto paramos, nos estresamos. Cuando no hacemos nada, sentimos que perdemos el equilibrio y a veces incluso pensamos que dedicarnos tiempo a nosotros mismos es un error porque siempre nos sentimos ineficaces cuando no producimos nada.
Las consecuencias de la desconexión del presente no sólo afectan a la persona en cuestión, sino también a sus relaciones. Las debilita, ya sean familiares, amigos o profesionales. Envías un mensaje tras otro, pero ya no escuchas realmente a tus interlocutores. Compartes la misma habitación, pero cada uno ya ha vuelto a sus propios pensamientos. Al final, no sólo hemos cansado nuestro cuerpo, sino que hemos vaciado de sentido nuestras relaciones.
Ir más despacio no significa perder, sino empezar a vivir de nuevo.
Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Seguimos corriendo hasta que nos derrumbamos, o simplemente nos atrevemos, por fin, a elegir nuestro propio ritmo? No se trata de quedarse parado, sino de encontrar el ritmo adecuado para cada uno. Un ritmo que nos dé energía en lugar de agotarnos. Adaptar nuestra velocidad a lo que estamos haciendo, a lo que estamos viviendo y a quiénes somos realmente es la mejor habilidad. Esto nos permite mantener un buen ritmo mientras completamos nuestras tareas a tiempo o no.
Para no perdernos en la velocidad, el objetivo es sencillo: ser rápidos cuando sea necesario, pero saber reducir la velocidad cuando sea importante. Esta conciencia nos permite mantener nuestra felicidad mientras estamos presentes en lo que conseguimos.
La ciencia confirma esta intuición. Investigadores como Coeugnet han demostrado que hay que saber variar la presión del tiempo en función del contexto. Algunas tareas requieren reactividad, es cierto, pero otras, como el pensamiento profundo, las relaciones humanas o la creatividad, necesitan lentitud o tiempo para realizarse realmente.
En resumen, podemos acelerar las tareas inmediatas y ralentizar las significativas, de lo contrario acabaremos estropeándolo todo. Elegir ir más despacio no significa rendirse. Simplemente significa abrir los ojos y hacer las cosas conscientemente y con sentido. A menudo pensamos que tenemos que agotarnos para tener éxito. En realidad, ocurre lo contrario: somos mucho más eficaces a largo plazo cuando nos tomamos el tiempo de pensar las cosas con calma. Si corremos todo el tiempo, perdemos la capacidad de estar realmente presentes.
Elegir ir despacio no es incompatible con la intensidad del momento. Ya sea en la oficina, con nuestros seres queridos o para nosotros mismos, la presencia de cuerpo y mente en el mismo lugar es lo más importante y formará parte de nuestra fuerza. La velocidad máxima, en cambio, siempre acaba perjudicándola. Elegir la velocidad adecuada es, en realidad, elegir vivir.
Ilustración: Unsplash - vf7NiRQtLxE
Referencias
La presión del tiempo: un fenómeno complejo que urge estudiar - Stéphanie Cœugnet, Camilo Charron, Corinne Ribert-Van De Weerdt, Françoise Anceaux y Janick Naveteur
https://shs.cairn.info/revue-le-travail-humain-2011-2-page-157
La OMS y la OIT piden nuevas medidas para abordar los problemas de salud mental en el lugar de trabajo
https://www.who.int/fr/news/item/28-09-2022-who-and-ilo-call-for-new-measures-to-tackle-mental-health-issues-at-work