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Publicado el 28 de mayo de 2026 Actualizado el 28 de mayo de 2026

Lo que perdura entre los humanos

Grupos sostenibles, transmisión y el reto contemporáneo de la inteligencia artificial

fuente unsplash human

Las sociedades humanas siempre han producido formas de relación que pueden perdurar en el tiempo. Algunas comunidades permanecen estables durante varias generaciones, a veces durante siglos. Otras desaparecen rápidamente, a pesar de sus considerables recursos materiales.

Esta diferencia plantea interrogantes: ¿qué es lo que realmente permite a los grupos humanos perdurar? ¿Por qué ciertas relaciones resisten a las crisis, los conflictos, las migraciones o los cambios técnicos? ¿Y qué ocurre con esta capacidad de continuidad en un momento en que la inteligencia artificial está transformando la mediación humana, el aprendizaje y las propias modalidades de presencia colectiva?

La cuestión va más allá de la simple sociología de las organizaciones. Toca las condiciones de la confianza, la memoria y la cooperación humana.

I. Los grupos humanos a lo largo del tiempo no se basan únicamente en intereses

La historia de la humanidad demuestra que los grupos más duraderos no son necesariamente los más poderosos económicamente o los más eficaces técnicamente. Su estabilidad procede de una compleja combinación de memoria, rituales, interdependencias concretas y relatos compartidos.

  • Los grupos tradicionales de parentesco son un buen ejemplo. En muchas sociedades indígenas, sobre todo en África, Oceanía y entre los canacos de Nueva Caledonia, las relaciones no se basan únicamente en el individuo, sino en cadenas de filiación, alianza y reciprocidad. La pertenencia a un grupo suele preceder a la identidad personal. La tierra, los nombres, las historias de origen y las ceremonias garantizan la continuidad simbólica entre generaciones.

    En su Essai sur le don, Marcel Mauss demostró que las sociedades sostenibles se basan en gran medida en obligaciones de dar, recibir y devolver. El vínculo social no es meramente contractual, sino que es portador de una deuda simbólica recíproca que mantiene la relación a lo largo del tiempo. Los intercambios económicos son inseparables de una dimensión emocional, moral y ritual.

  • Las comunidades religiosas son otro ejemplo notable. Algunas abadías benedictinas han sobrevivido más de mil años. Su estabilidad no se debe a la ausencia de conflictos, sino a la organización del tiempo colectivo. Las comidas en común, los himnos, los oficios, el silencio, el trabajo compartido y las reglas de vida producen una sincronización de las existencias. Los individuos cambian, pero la estructura relacional permanece.

    Las investigaciones de Émile Durkheim sobre los rituales colectivos demuestran que estos momentos de sincronización emocional refuerzan la pertenencia y la confianza. El grupo perdura porque produce regularmente experiencias sensibles compartidas.

  • Las formas de compañerismo profesional también dan testimonio de esta lógica. El acompañamiento transmite desde hace siglos conocimientos técnicos, pero también una ética relacional. El viaje, los ritos de acogida, el reconocimiento de los pares y la transmisión encarnada estabilizan las relaciones mucho más allá de la utilidad inmediata del oficio.

En estos diferentes casos, la duración no es ante todo el resultado de una optimización funcional. Depende más bien de la capacidad de producir un mundo compartido habitable.

II. Lo que hace duraderas las relaciones humanas: memoria, ritmo, vulnerabilidad y entorno

Los grupos humanos que resisten el paso del tiempo presentan una serie de características recurrentes. Estos elementos son evidentes en los trabajos contemporáneos de antropología, sociología, psicología social y ciencias de la educación.

  • El primer factor es la existencia de una memoria colectiva.

    Maurice Halbwachs ha demostrado que los recuerdos humanos nunca son puramente individuales: se sustentan en marcos sociales. Así pues, los grupos duraderos mantienen activamente historias, lugares simbólicos, archivos, canciones, aniversarios y ceremonias. Sin una memoria compartida, las relaciones se vuelven intercambiables.

  • El segundo factor se refiere al ritmo.

    Las relaciones duraderas presuponen una temporalidad relativamente estable. Las comidas regulares, las reuniones periódicas, las temporadas agrícolas, los festivales o las peregrinaciones crean puntos de retorno que estructuran la existencia colectiva.

    Las sociedades contemporáneas, marcadas por la aceleración permanente descrita por Hartmut Rosa, socavan a menudo estas continuidades. Cuando todo cambia rápidamente, las relaciones pierden profundidad.

  • El tercer factor es la interdependencia concreta.

    Los grupos sostenibles no están formados por individuos totalmente autónomos. Dependen unos de otros para aprender, trabajar, transmitir conocimientos, protegerse o criar a sus hijos. Esta dependencia no se vive necesariamente como una debilidad, sino que puede convertirse en una fuente de solidaridad.

    Los trabajos de John Bowlby sobre el apego demuestran que los seres humanos construyen su estabilidad psicológica sobre la base de relaciones fiables y repetidas. Esta lógica se extiende a los grupos de adultos: los grupos más sólidos ofrecen formas de seguridad relacional.

La vulnerabilidad compartida también desempeña un papel esencial. Los grupos que soportan juntos penurias -guerras, migraciones, catástrofes, falta de hogar, pobreza, trabajo duro- suelen desarrollar vínculos más resistentes. La experiencia compartida crea una memoria encarnada que va más allá del simple intercambio de información.

Otro factor decisivo es cómo se afrontan los conflictos. Los grupos sostenibles no son grupos libres de tensiones. Por el contrario, disponen de mecanismos para absorber los desacuerdos: palabrería, mediación, consejos, ritos de reparación, humor, silencio o retirada temporal. En algunas sociedades tradicionales, la prioridad no es tener razón, sino preservar la continuidad de las relaciones.

Por último, los grupos duraderos están casi siempre vinculados a un entorno. Las relaciones humanas están enraizadas en paisajes, territorios, rutas, arquitectura o lugares habitados. Esta dimensión está en consonancia con la mesología de Augustin Berque: los seres humanos no viven simplemente en un entorno exterior, sino en un entorno co-construido por costumbres, símbolos y prácticas. El territorio actúa como memoria viva del grupo.

III. ¿Está transformando la inteligencia artificial las condiciones en las que perduran las relaciones humanas?

La llegada masiva de la inteligencia artificial ya está modificando varias de las condiciones que históricamente han sustentado las relaciones duraderas.

  • La IA aumenta considerablemente la velocidad de circulación de la información, la capacidad de coordinación y la producción de contenidos.
  • Facilita ciertas formas de cooperación distribuida y puede apoyar a comunidades geográficamente remotas. Los grupos humanos pueden ahora mantener vínculos regulares a pesar de la distancia gracias a la mediación digital.

Pero esta transformación es profundamente ambigua. Las relaciones duraderas se construyen históricamente a partir de experiencias encarnadas: caminar juntos, compartir una comida, superar dificultades, habitar un territorio, trabajar codo con codo, esperar, escuchar el silencio, observar los gestos del otro. Gran parte de la confianza humana procede de interacciones lentas y multisensoriales. Sin embargo, la IA tiende a veces a reducir la relación a un intercambio optimizado de información.

El riesgo no es sólo técnico. Es antropológico. Cuando las mediaciones digitales sustituyen progresivamente a las situaciones de la vida real, los grupos pueden conservar una apariencia de conexión al tiempo que pierden su densidad relacional. Las interacciones son más numerosas, pero a menudo menos atractivas.

La velocidad puede producir una ilusión de proximidad sin una experiencia compartida real. Investigaciones recientes sobre la sobrecarga cognitiva y la fragmentación atencional demuestran que la hiperconexión debilita la memoria colectiva y la atención profunda. Esto dificulta que los grupos construyan narrativas compartidas estables.

La IA también está transformando la transmisión. Parte del conocimiento que antes se transmitía a través de la compañía o la presencia puede ahora externalizarse a sistemas técnicos. Esto abre considerables posibilidades de acceso al conocimiento. Pero también puede reducir ciertas oportunidades de encuentro humano. En profesiones basadas en la experiencia implícita, como los cuidados, la artesanía, la facilitación, el liderazgo y la educación, una parte esencial del aprendizaje pasa por la observación atenta de gestos, ritmos, silencios y ajustes relacionales. Estas dimensiones siguen siendo en gran medida resistentes a la automatización. La pregunta entonces es menos: "¿Sustituirá la IA a los grupos humanos?" que: "¿Qué formas de relaciones humanas seguiremos cultivando a pesar de la IA?".

Los grupos que probablemente perduren mañana no serán ni los que rechacen por completo la tecnología ni los que deleguen toda la mediación en sistemas automatizados. Los colectivos robustos serán quizá los capaces de mantener experiencias de presencia real en un mundo saturado de mediaciones digitales.

Esta tensión ya es patente en muchas organizaciones. Cuanto más complejos y digitalizados se vuelven los sistemas, mayor es la necesidad de diálogo, facilitación, paseos reflexivos, rituales colectivos y experiencias en la naturaleza. Es como si la aceleración de la tecnología produjera simultáneamente la búsqueda de un nuevo enfoque humano.

El reto contemporáneo probablemente no sea elegir entre tecnología y relaciones, sino preservar las condiciones sensibles para el aprendizaje colectivo.

Los grupos humanos perduran cuando comparten algo más que datos: ritmos, vulnerabilidades, gestos, paisajes y experiencias vividas. La inteligencia artificial puede apoyar la memoria, ayudar a formalizar el conocimiento o facilitar ciertas formas de coordinación. Pero no puede sustituir la confianza que se construye poco a poco, la profundidad del silencio compartido ni la transformación interior que a veces se produce al estar juntos presentes en el mundo vivo.


Referencias

Berque, A. (2000). Ecoumène. Introduction à l'étude des milieux humains. Belin.

Bowlby, J. (1988). A secure base: Parent-child attachment and healthy human development. Basic Books.

Durkheim, É. (1912). Formas elementales de vida religiosa. Alcan.

Halbwachs, M. (1950). La mémoire collective. Presses Universitaires de France.

Mauss, M. (1925). Essai sur le don. Presses Universitaires de France.

Rosa, H. (2018). Résonance. Una sociología de la relación con el mundo. La Découverte.

Sahlins, M. (1972). Economía de la edad de piedra. Aldine.

Woodburn, J. (1982). Egalitarian societies. Man, 17(3), 431-451.


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