Los invisibles del codesarrollo profesional
Hay muchos invisibles en el codesarrollo profesional, y si se mira bien, es aquí donde están los desarrollos positivos que harán el futuro del codesarrollo
Publicado el 05 de marzo de 2025 Actualizado el 05 de marzo de 2025
Las células de todos los organismos vivos mantienen relaciones simbióticas constantes, y todas las formas de vida han evolucionado gracias a la interdependencia mutua".
Margulis, 1981
Desde el auge del pensamiento cartesiano y la modernidad industrial, el ser humano ha sido representado a menudo como separado del mundo, como dueño y poseedor de la naturaleza. Esta visión dualista, que opone naturaleza y cultura, mente y materia, sujeto y objeto, ha dado lugar a un enfoque del aprendizaje centrado en gran medida en la acumulación de conocimientos abstractos, concebidos como extracciones desconectadas de la dinámica y los flujos del mundo vivo.
Sin embargo, la ciencia contemporánea, de la biología a la neurociencia, de la mesología a la economía ecológica, revela una profunda interdependencia entre el ser humano y su entorno.
El ser humano no puede entenderse aislado del mundo vivo del que forma parte. Nuestro cuerpo es en sí mismo un ecosistema: nuestra microbiota, formada por miles de millones de bacterias y otros microorganismos, es esencial para nuestra digestión, inmunidad e incluso nuestro estado de ánimo (Sender et al., 2016).
Esta interacción simbiótica no es una excepción humana, sino un principio fundamental de los seres vivos, como demostró Lynn Margulis (1981) con su teoría de la endosimbiosis. Más allá del cuerpo, la vida humana depende de los equilibrios ecológicos.
La hipótesis Gaia de James Lovelock (1979) propone que la Tierra funciona como un sistema autorregulado, en el que el clima y las condiciones de vida son coproducidos por todos los seres vivos. Esta perspectiva cuestiona la separación entre los seres humanos y la naturaleza y nos anima a pensar en el aprendizaje no como una extracción de conocimientos, sino como una interacción continua con el mundo. Mientras que el pensamiento extractivo busca desentrañar los misterios de la materia, el pensamiento holístico busca vivir con ella.
Lejos de ser un ser abstracto y autónomo creado ex nihilo, el ser humano forma parte de una dinámica de adaptación y transformación mutua con su entorno. Los trabajos de Tim Ingold (2000) demuestran que la distinción naturaleza/cultura es artificial: las prácticas humanas están moldeadas por el entorno en el que se desarrollan.
La arqueología y la paleoantropología atestiguan que la evolución humana siempre ha sido una coevolución con los elementos naturales y tecnológicos de su tiempo (Larson y Fuller, 2014). No somos una cosa y el entorno otra que nos influiría; somos un encuentro.
Desde una perspectiva mesológica, Augustin Berque (2000) señala que la relación entre los seres humanos y su entorno está mediada por un proceso de trayección, en el que se transforman a sí mismos al mismo tiempo que transforman su entorno.
El concepto japonés de fûdo (Watsuji, 1961) expresa esta relación inseparable entre el paisaje, el clima, las condiciones materiales y las estructuras culturales que surgen de ellos. Así pues, aprender no consiste en extraer conocimientos de un mundo externo, sino en desarrollar una conciencia activa de las relaciones que nos unen a los seres vivos. Esto es lo que nos explicará Varela.
La neurociencia y la teoría de la encarnación (Varela et al., 1991) confirman que la cognición no es un proceso puramente cerebral, sino una interacción dinámica entre el cuerpo y el entorno. La plasticidad cerebral (Merzenich et al., 1984) demuestra que nuestras capacidades de aprendizaje evolucionan en función de nuestras experiencias, lo que implica que el aprendizaje no puede reducirse a la transmisión de información, sino que implica una inmersión sensorial y relacional.
Somos mucho más que intercambio de datos y cálculo de inteligencia artificial. Desde esta perspectiva, la educación tradicional, basada en la separación entre teoría y práctica, parece incompleta. El aprendizaje requiere el cultivo de una inteligencia encarnada, donde la experiencia sensorial, la atención a los ritmos naturales y la cooperación con otros seres vivos (humanos y no humanos) son esenciales. De lo contrario, inventaré la bomba atómica y me destruiré a mí mismo.
Mientras que la economía clásica ha separado durante mucho tiempo a los seres humanos de la biosfera situándolos como agentes racionales por encima de las limitaciones naturales, la economía ecológica (Daly y Farley, 2011) desafía esta visión. Considera la actividad humana como una subparte de un sistema mayor, sujeto a leyes físicas y ecológicas.
Trasladado al aprendizaje, esto significa que la educación no puede concebirse independientemente de las condiciones materiales y ecológicas que la hacen posible. El aprendizaje de los seres vivos no puede ser un proceso extractivo (reducir el mundo a un recurso de conocimiento), sino que debe ser regenerativo, es decir, concebido para mantener y reforzar los equilibrios que lo sustentan.
La robustez del aprendizaje reside en su capacidad de regenerarse constantemente, a riesgo de volverse rígido y acabar convirtiéndose en una copia de copia de copia, que es lo que estamos presenciando con la IA, que acaba funcionando en bucle y produciendo textos perfectos sin sabor.
De estas diversas observaciones, podemos extraer algunos principios fundamentales para un aprendizaje robusto de los organismos vivos:
Estos principios implican cambios profundos en la manera de concebir la educación y la transmisión de conocimientos. Ya no se trata de acumular conocimientos desvinculados de la realidad, sino de cultivar una inteligencia relacional, anclada en los ritmos del mundo vivo.
Estas perspectivas nos invitan a repensar la educación desde una perspectiva viva, integrando plenamente las interdependencias que estructuran nuestra existencia. Lejos de ser un proceso de acumulación de conocimientos teóricos, el aprendizaje se convierte en un acto de participación activa en el mundo, una forma de habitar el mundo vivo con cuidado y responsabilidad.
Frente a las crisis ecológicas y sociales actuales, esta revisión es urgentemente necesaria. Lejos de separarnos, necesitamos redescubrir una relación simbiótica con el mundo, en la que aprender signifique sobre todo cultivar relaciones sostenibles con los seres vivos. Es en este sentido que aprender de los seres vivos y para los seres vivos promueve la solidez.
Fuentes
Berque, A. (2000). Écoumène: Introduction à l'étude des milieux humains. Belin.
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Cristol, D. (2022). Pour une mésologie de l'apprenance. Phronesis, 11(4), 112-132.
https://www.erudit.org/fr/revues/phro/2022-v11-n4-phro07295/1092337ar/
Daly, H. E., & Farley, J. (2011). Economía ecológica: principios y aplicaciones. Island Press.
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Ingold, T. (2000). The Perception of the Environment: Essays on Livelihood, Dwelling and Skill. Routledge.
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Lovelock, J. (1979). Gaia: Una nueva mirada a la vida en la Tierra. Oxford University Press.
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Margulis, L. (1991). Symbiosis in Evolution: Origins of Cell Motility: Orígenes de la motilidad celular. En Evolution of life: fossils, molecules, and culture (pp. 305-324). Tokio: Springer Japan.
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Sender, R., Fuchs, S., & Milo, R. (2016). Revised Estimates for the Number of Human and Bacteria Cells in the Body (Estimaciones revisadas del número de células humanas y bacterianas en el cuerpo). PLoS Biology, 14(8), e1002533. - https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27541692/
Varela, F. J., Thompson, E., & Rosch, E. (1991). The Embodied Mind: Cognitive Science and Human Experience. MIT Press. - https://amzn.to/4bqLYAJ
https://www.leslibraires.ca/livres/the-embodied-mind-thomas-r-verny-9781639364626.html
Watsuji Tetsurô, Fûdo. Ningengakuteki kôsatsu 風土。人間学的考察,(2011) (Milieux. Étude de l'entrelien humain), Tokio, Iwanami, 1935. Traducido por Augustin Berque, Fûdo, le milieu humain, París, CNRS Éditions.
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