Robustez, resistencia y tolerancia son las cualidades que se buscan en la acción. "Demasiado fuerte nunca se rompió" es una máxima del mundo marítimo compartida desde hace siglos, porque el mar es despiadado. En principio, una tormenta en el mar no asusta a nadie porque el barco y la tripulación están preparados para afrontarla; tanto mejor si el mar está bien, pero mientras se navegue, la tormenta estará un día ahí y es la tormenta la que determina la norma que hay que respetar. Pero la robustez tiene sus límites, y tiene un precio: peso, flexibilidad, estética, coste, rapidez, preparación... también se buscan otras cualidades que no tienen nada que ver con la robustez.
A nivel humano, alcanzar un cierto nivel de robustez requiere formación y previsión. Las sociedades y los individuos robustos disponen de reservas, herramientas, medios de intervención y práctica.
En una sociedad asistida, la robustez cambia de naturaleza. Antes, los barcos eran de madera y los hombres de hierro. Hoy, los barcos son de acero y los hombres son impotentes sin la ayuda de las máquinas, porque las dimensiones son gigantescas. La robustez ha pasado a otro nivel, el del sistema y sus métodos de gestión. Si los circuitos eléctricos soportan las sobrecargas y toleran las fluctuaciones, el sistema educativo debe hacer lo mismo, y esto se extiende a la enseñanza en relación con su entorno.
Puede que la robustez física de los seres humanos haya perdido parte de su importancia, pero nuestra robustez emocional permanece y está siendo puesta a prueba por las tecnologías actuales. Nuestro equilibrio emocional no tiene mucho peso cuando se trata de algoritmos. No sólo el mar es implacable.
¿Qué podemos hacer para desarrollar nuestra robustez, como profesores y como alumnos? La hipersensibilidad no es una ventaja en una sociedad de intensa interacción. Afortunadamente, es posible aumentar la robustez y cambiar actitudes... pero no cerrando los ojos.
Denys Lamontagne - [email protected]
Ilustración: Silviu en la calle - Pixabay