Facilitación y sensación oceánica
Como una ola, contribuimos al todo y acabamos alcanzando nuestra singularidad. El sentimiento oceánico nos conecta y nos une. Está en el corazón de nuestro éxito colectivo.
Publicado el 08 de abril de 2026 Actualizado el 08 de abril de 2026
Podría decir que hago aceite de oliva, pero lo que vivo es más preciso: trabajo con máquinas, gestos y cosas vivas. Nada es completamente antiguo, nada es completamente moderno. Todo está entrelazado.
Cuando entro en el olivar, ya no uso la erección de mi abuelo. Cojo un brazo telescópico que vibra, conectado a una batería por un cable eléctrico. El gesto cambia inmediatamente. Ya no golpeo el árbol. Escucho su respuesta. La vibración recorre las ramas y las aceitunas caen si el momento es propicio. Demasiado pronto, se resisten, demasiado tarde, caen por sí solas. La máquina no lo hace por mí, me obliga a adaptarme.
Percibo aquí una especie de mecánica sensible. No es la fuerza bruta la que actúa, es una frecuencia, una intensidad. Mi cuerpo se cansa menos, pero mi atención tiene que ser más fina. Vigilo la batería, anticipo mis movimientos, busco el ángulo adecuado. En realidad, la técnica no simplifica las cosas, sólo desplaza el esfuerzo.
Bajo los árboles, extiendo lonas de plástico. Recogen lo que cae. Antes, algunas aceitunas se perdían en la hierba. Hoy, la caída se convierte en un recurso; las lonas transforman el suelo en una superficie de recolección. Recojo, clasifico, puedo ver mejor lo que he producido. Aquí hay una especie de economía de detalles, casi una atención al fruto más pequeño.
Después lleno cajas de 15 kilos de comida. Conozco este peso de memoria. Estructura mi día. Ni demasiado pesado, ni demasiado ligero, apilable en el coche, transportable sin romperme la espalda; también en este caso, la mecánica es discreta: está en la norma, en la repetición, en la posibilidad de organizar el flujo.
A veces pienso en la balucelle de mi abuelo, la bolsa de barriga que siempre llevaba, su gran escala, sus gestos pacientes. Dejé atrás estas herramientas. No por rechazo, sino porque mi entorno ha cambiado; mis limitaciones, mi tiempo, mi cuerpo también. Lo que he conservado es mi atención a los árboles. Lo que cambio es mi manera de hacer las cosas.
Cargo las cajas en el coche y me dirijo al molino. Allí, otro mecánico se hace cargo. La prensa, las máquinas de extracción, todo un conjunto que tritura, amasa y separa. Deposito mis aceitunas y las encuentro en forma de aceite. Siempre es un momento especial, como si el gesto saliera de mis manos y entrara en otro mundo, más continuo, más industrial, pero aún ligado a la materia.
Me sirven el aceite en latas de 5 litros. Me voy a casa. Lo decanto en botellas de cristal opaco. Sé que la luz altera el aceite. La elección del recipiente se convierte en un gesto de protección; nada espectacular, pero una continuidad de cuidados.
Luego me siento ante el ordenador. Dibujo una etiqueta. La cambio, la reelaboro. El wifi me conecta con otras imágenes, otras ideas. La impresora lo reúne todo. Es un momento extraño: paso de la tierra a la pantalla, de la fruta a la información. Sin embargo, sigue siendo el mismo aceite. Sólo que adopta una forma que se puede compartir e identificar.
Al mismo tiempo, cuido mis árboles. Los rodeo con estiércol de burro. No utilizo tratamientos ni pesticidas. Riego un poco cuando es necesario, con agua de lluvia que recojo del tejado. Una bomba electromecánica redistribuye esta agua. También en este caso, la tecnología está presente, pero apoya una forma de sobriedad. No sustituye a los seres vivos, los acompaña.
Cuando miro el conjunto, veo una cadena. Pero no es una cadena rígida. Es una sucesión de ajustes. El vibrador, las lonas, las cajas, el coche, el molino, las botellas, el ordenador. Cada elemento transforma mi relación con el gesto. Ninguno de ellos es suficiente por sí solo.
No estoy ni en la agricultura totalmente tradicional, ni en la producción industrial. Estoy en un punto intermedio. Un lugar en el que la mecanización me permite seguir adelante, sin renunciar a lo que es importante para mí: la calidad, el respeto de los árboles, una cierta lentitud a pesar de todo.
En el fondo, lo que hago no es sólo aceite. Es una forma de unir mundos diferentes. El cuerpo y la máquina. El pasado y el presente. Lo vivo y lo técnico.
Referencias
Haudricourt, A.-G. (1962). Domestication des animaux, culture des plantes et traitement des autres. L'Homme, 2(1), 40-50.
Simondon, G. (1958). Du mode d'existence des objets techniques. Aubier.
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