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Publicado el 29 de marzo de 2022 Actualizado el 08 de mayo de 2025

Cuando la lengua y la política no se llevan bien

Cambiar de idioma para promocionarse

En este primer trimestre de 2022, cuando Ucrania vive uno de los peores momentos de su historia, es también un buen momento para recordar lo estrechamente ligadas que están la lengua y la nación. El latín, el francés y el alemán son lenguas que se han decretado y utilizado para cimentar la unión de las naciones. Pero en un contexto así, en el que el equilibrio político y estatal es tan frágil, ¿podemos cuestionarnos también nuestra identidad lingüística?

Como vimos hace unas semanas, la lengua ucraniana está sumida en la niebla. ¿Puede cambiar su lengua para mejorar su imagen? ¿El cambio es lingüístico o político?

Kiev frente a Kiev

La delicada situación actual en Ucrania ha suscitado una gran polémica en los medios de comunicación de todo el mundo. Muchos de ellos, en apoyo del país de la bandera amarilla y azul, han decidido adoptar en sus líneas editoriales la grafía ucraniana de la capital: Kyïv, abandonando así la grafía internacionalmente utilizada de Kiev. El abandono de esta segunda grafía, de origen ruso, fue una elección definitivamente política.

El poeta francés Alphonse de Lamartine (1790-1869) solía decir: "Un seul être vous manque et tout est dépeuplé" ("Te falta un ser y todo está despoblado"); en este caso, por este cambio de grafía, deberíamos decir " Te falta una E y todo está patas arriba". En efecto, cuando nosotros, humildes lectores, vimos por primera vez esta capital "rebautizada" en nuestros medios de comunicación, todos nos preguntamos: ¿una errata? ¿una falta de atención? No, ¡simplemente una vuelta a las raíces en toda regla!

En efecto, escribir Kiev implica un apoyo (pasivo) a la rusificación que ha sufrido Ucrania. En aquella época, el antiguo imperio del Zar pretendía aniquilar la cultura ucraniana, empezando por su lengua. Cambiar el nombre de una capital significa también cambiar la política de su país e imponer definitivamente su dictado.

Según Mariette Darrigrand, eminente semióloga (especializada en el estudio de los sistemas de signos): "Un territorio nunca es sólo un terreno físico. Es un conjunto de hábitos, una visión del mundo y los conceptos que lo rigen, es decir, todo un lenguaje.

Un acto político

Más allá del problema ucraniano, no podemos dejar de pensar en la colonización, que también trajo consigo la imposición de lenguas aquí y allá. Ya fuera por parte del Imperio Británico (en la India en particular), Bélgica (en el Congo), Francia (en África), sin olvidar a los tan controvertidos Conquistadores y su conquista de América Latina... Todos estos países vieron cambiar su cultura y su forma de ser, voluntariamente o no, pero también su lengua.

Habiendo trabajado con muchos estudiantes de origen sudamericano, pocos estaban orgullosos de sus raíces ibéricas. No, todos estaban orgullosos de su ascendencia nativa, de su cultura original, de sus antepasados mayas, incas y aztecas... El español puede ser su lengua, pero no la de sus antepasados. Por eso exigen a gritos el derecho y el poder de seguir perpetuando lenguas como el quechua o el maya. Los colonos trajeron e impusieron su lengua, pero no pudieron arrebatarles su dignidad cultural y su propia identidad lingüística.

Otro ejemplo concreto son los amish. La mayoría de ellos son originarios de Alemania, pero en la actualidad viven mayoritariamente en Ohio y Pensilvania, en Estados Unidos. Sin embargo, han conservado su propia lengua, llamada neerlandés de Pensilvania, que no es más que una mezcla de alemán y neerlandés... todo ello en suelo estadounidense, y durante varias generaciones.

Si vamos aún más lejos, podemos afirmar que aunque las palabras no son portadoras de la verdad, sí lo son de un significado que siempre es relativo. La propia Biblia sugiere esta idea, en el prólogo del Evangelio de San Juan: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. En el principio estaba en Dios".


Por último, podemos decir que lengua, cultura y nación están íntimamente ligadas, incluso entrelazadas. La mejor manera de "poseer" y controlar un país es sujetarlo por lo que une y mantiene unida a su gente: su lengua.

A otro nivel, los nacionalistas fervientes defensores de su patrimonio lo han comprendido, como en el País Vasco, una región que aún resiste a los invasores y que se enorgullece de mantener los nombres de sus ciudades en euskera (San Sebastián, por ejemplo, es más conocida como Donostia). Del mismo modo, Bretaña y Occitania se enorgullecen de mostrar alto y claro su idioma en sus señales de tráfico y carteles indicadores.

Por último, volviendo al ejemplo del colonialismo, ya sea francés, británico o español, los lingüistas coinciden sin embargo en concluir que, sin haberse inhibido en sus lenguas, "la dimensión colonial contiene hoy sobre todo una hibridación creativa muy significativa". ¿Y Ucrania? Sólo el tiempo lo dirá...


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