Gasoductos, oleoductos, acueductos, redes eléctricas, redes telefónicas y celulares, cables submarinos, carreteras, ferrocarriles, satélites, etc. atraviesan la tierra y el espacio. Diseñar, explotar y mantener estas redes requiere una inmensa cantidad de conocimientos prácticos y teóricos. Fluidez, termodinámica, interferencias, cargas, redundancia, fiabilidad, coordinación, etcétera. Lo que nos falta es conocer los efectos de las redes en el tejido social, que, curiosamente, apenas se está empezando a estudiar.
Las redes se expanden por todas partes, y las redes naturales sirven a menudo de modelo. Las redes de raíces de los árboles son aterradoramente eficaces, al igual que la cobertura del espacio por los insectos en un bosque: nadie puede escapar a ellas. Roma se convirtió en Roma gracias a sus acueductos, carreteras y puertos. Pero, sobre todo, su red de comunicaciones le permitió extender su influencia y dirigir sus actividades.
Hoy en día, nuestras redes de comunicaciones no sólo son varios órdenes de magnitud más rápidas que las de los romanos, sino que cubren casi todo el planeta e ignoran las barreras lingüísticas. Si los romanos extendieron su poder a través de sus redes, podemos suponer que el mismo fenómeno está ocurriendo hoy en día, a una escala aún mayor. Las intenciones que subyacen a esta expansión suelen ser comerciales y políticas, lo que no difiere de la época de Roma, como tampoco lo es su concentración en manos de unas pocas empresas y Estados... Roma nunca tuvo más de dos competidores reales al mismo tiempo, pero eso no le impidió desaparecer.
En educación, empezamos a sentir los efectos de la omnipresencia de las redes en el tejido social, y son menos positivos de lo que pensábamos al principio. Con una capa de inteligencia artificial, las redes digitales adquieren el aspecto de telarañas que esperan impasibles a sus inocentes presas. Esperemos que sólo sea un Halloween temporal.
Denys Lamontagne - [email protected]
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