La Inteligencia Artificial es una herramienta para amplificar nuestras capacidades, no juzga. Tampoco tiene una visión "civilizadora". Aunque tenga acceso a toda la sabiduría del mundo, también tiene acceso a toda su debilidad, y es esta debilidad la que está más digitalizada. De un solo golpe, la Inteligencia Artificial se ha apoderado del patrimonio de la humanidad y le ha añadido una masa considerable de datos que no han sido calificados ni comprobados, o si lo han sido, se basan en criterios de escasa significación civil o social.
El uso del material cultural colectivo es una cuestión dinámica. Depende de una serie de factores, pero al final se conserva lo que funciona y se descarta el resto a más o menos corto plazo. Es el mismo principio que subyace al funcionamiento de los algoritmos, que son una expresión del poder de quienes los controlan.
Una cosa es que los estudiantes utilicen la Inteligencia Artificial y otra que la Inteligencia Artificial hable con ellos sin que sepamos en qué se basa para seleccionar los datos, pero si, además, los datos no proporcionan ninguna orientación social colectiva que pueda criticarse o evolucionar, el espíritu de una comunidad desaparece junto con la coherencia y es el espíritu de quienes están detrás de los algoritmos el que se impone, sin posibilidad de negociación.
Los grupos aglomerados de personas frustradas, los ayatolás de la felicidad celestial y otros individuos exaltados pueden ser instrumentalizados y estimulados, ya sea por un gobierno, los intereses comerciales de un gigante de la web, la industria petrolera o cualquier individuo bien organizado. Siempre volvemos a la cuestión de quién controla la IA y en interés de quién.
La calidad de un bucle de retroalimentación es actualmente una de las mejores propuestas para educar a los algoritmos, en un diálogo constante entre la Inteligencia Artificial y los afectados por su uso. El poder y el alcance de la inteligencia artificial exigen una nueva forma de democracia, de ahí este llamamiento a los filósofos: os necesitamos de verdad.
Denys Lamontagne - [email protected]
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