Hace tiempo que sabemos que la inversión en educación aporta importantes beneficios a la sociedad y a las personas, pero, como cualquier inversión, está sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes. La educación es una cosa, pero ¿cómo y hasta qué punto? Una población que sabe leer y escribir representa un valor neto. Si además tienen conocimientos básicos en una serie de ámbitos, pueden hacer frente a más situaciones, progresar, especializarse, etc. Todo son ventajas. Todo son ventajas.
Pero tanto si se trata de dinero, tecnología, libros de texto o número de profesores, llega un momento en que añadir más resulta cada vez menos eficaz. Una pizarra en el aula es un avance, también lo es una pizarra electrónica, quizá unos auriculares de realidad virtual, pero en proporción a la inversión, mucho menos.
Los estudiantes tienen 24 horas al día, y no podemos comprimir más información y actividades en la misma cantidad de tiempo indefinidamente. Al ser más eficaces, los estudios pueden organizarse de otra manera e integrarse mejor en otras actividades, como el trabajo. Hay más eficaz que 6 horas diarias en un banco de la escuela; añadir aún más horas de estudio no aporta ninguna ganancia, al contrario.
Obtener una nota es la prueba de una evaluación, pero demostrar una habilidad aporta la seguridad de un resultado; puedes dar cuenta concreta de tu formación. Cuando una actividad de formación produce un cambio positivo en una estadística o un resultado, sabemos que ha logrado parte de sus objetivos. Si sólo pretende alcanzar un objetivo académico, su importancia para el individuo y la sociedad disminuye en consecuencia. El valor de la evaluación escolar debe ser ante todo pedagógico.
Las clases de 50 alumnos no son tan eficaces como las de 30, y esto es algo generalmente aceptado, aunque sólo sea por la atención que se presta a cada individuo. ¿Quizás lo óptimo sean 19 alumnos o 12? Pero en un contexto de escasez de profesores, las soluciones pasan necesariamente más por los métodos de enseñanza y la organización. Podemos enseñar y evaluar de forma diferente y más eficaz.
Los individuos, las instituciones, las empresas y el Estado tienen derecho a rendir cuentas de los resultados de su inversión de dinero, tiempo y esfuerzo en la educación, y todos ellos tienen también la responsabilidad de rendir cuentas a quienes contribuyen a la educación.
Denys Lamontagne - [email protected]
Ilustración: ronnarong - DepositPhotos