La noción de "lugar" es amplia. El lugar abarcado por nuestra mirada, el lugar donde vivimos o trabajamos, el lugar que recordamos, transformado o desaparecido, el lugar que aún no existe, el piso de nuestros sueños, o los virtuales, cuya existencia depende de gigabits dispersos en una esquiva nube electrónica.
Siempre miramos desde un punto de vista y siempre acabamos en alguna parte, incluso en lo desconocido, como en un banco de colegio el primer día de primaria. Ese día, todos los sentidos están alerta y hay que aprender rápidamente a "orientarse". Con el tiempo, los lugares se vuelven familiares, llenos de puntos de referencia.
Los lugares influyen en nuestro comportamiento porque están hechos de interacciones, funciones, materiales, historia e incluso imaginación... mientras el cielo estaba fuera de nuestro alcance, era la morada de los dioses. Como todo está asociado a un lugar, te interesa saber dónde estás para poder actuar en él. En silencio en la biblioteca o en el tribunal; con atención en la autopista o en clase, pero no de la misma manera; ocupando el espacio si estás en el escenario... los lugares se definen por lo que haces en ellos.
Los alumnos en el aula, los enfermos en el hospital o los pobres en el gueto nos recuerdan que los lugares también son construcciones sociales: ciertas cosas se hacen mejor en ciertos lugares. Pero nada nos impide dar una conferencia en un parque o un museo, arengar a una multitud en una plaza pública o hacer una visita virtual a la estación espacial.
Algunos lugares son acogedores, otros no tanto; no es inevitable que las escuelas se conviertan en entornos "difíciles" tanto para alumnos como para profesores. Los lugares tienen su propia historia, sus propios hitos y sus propias posibilidades, y siempre depende de nosotros convertirlos en lugares propicios para lo que queremos experimentar en ellos. Empezando por nuestras aulas y terminando por nuestro planeta.
Denys Lamontagne - [email protected]
Ilustración: Hackman - DepositPhotos