La inteligencia artificial (IA) ha tomado por asalto el mundo de la informática y, con él, todo lo que se puede programar. Los programadores sienten que el viento sopla en una nueva dirección; sus posibilidades han pasado a un nuevo nivel. A medida que la IA invade prácticamente todas nuestras actividades, el mismo fenómeno se aprecia en la mayoría de las esferas de la sociedad, con todas las transformaciones que implica.
Lo programado se convierte en una forma de predicción del futuro, de fijación de ramas del futuro, de voluntades colocadas como otras tantas acciones potenciales que sólo esperan un poco para desencadenarlas. A partir de cierto nivel de programación, perdemos nuestra autonomía, nuestras capacidades y, en última instancia, nuestra libertad. Estamos empezando a reconocerlo, sobre todo en la educación.
La inteligencia artificial procesa conocimientos en cantidades astronómicas y hace maravillas en términos de personalización, hasta el punto de degradarnos como fuente de enseñanza y redefinir el papel del profesor. Las nuevas aplicaciones están dando lugar a prácticas para las que tenemos pocas o ninguna pauta válida, a un nivel de interconexión nunca visto. Avanzamos hacia una sociedad hiperprogramada, que incluso se anticipa a nuestros deseos, pero ¿es realmente lo que necesitamos?
Podemos plantearnos cuestiones tanto técnicas como éticas. ¿Cómo se puede enseñar todo esto? ¿Merece siquiera la pena aprenderlo, tal es el ritmo del cambio? ¿Es la inteligencia artificial el apogeo del materialismo? Sólo se le escapa lo que no está digitalizado, es decir, la mente humana y su imaginación, su apreciación, sus objetivos, aquello que da sentido a la existencia y de lo que bebe sin entender nada para sintetizarlo y devolvérnoslo en imagen especular. Que no acabemos como Narciso, languideciendo ante la belleza de nuestro propio reflejo, hasta marchitarnos.
La inteligencia artificial y las tecnologías de la información obligan a reinicializar la sociedad, y la sociedad obliga a reinicializar las prácticas tecnológicas. Habrá que encontrar un equilibrio.
Denys Lamontagne - [email protected]
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