En general, seguir instrucciones nos beneficia, pero nos reduce al nivel de un mero ejecutor. Paradójicamente, las buenas instrucciones fomentan nuestra autonomía, y eso está bien siempre que trabajemos para alcanzar un objetivo.
Seguir las instrucciones para montar un mueble o utilizar un electrodoméstico es evidente. Seguir la dosis de un medicamento o las proporciones de una receta de pastel es de sentido común, pero seguir los consejos de un desconocido requiere un poco más de discernimiento, y cuando se trata de seguir las instrucciones de una inteligencia artificial, es mejor estar abierto a las sorpresas. Una IA tiene poco criterio y ninguna experiencia práctica.
La fuente de las instrucciones establece su credibilidad, y las intenciones del instructor deben ser obvias para que sean aceptadas. Nuestro interés por seguir las instrucciones debe demostrarse rápidamente y nosotros consentimos en esa medida. A veces, nuestro trato con las instituciones se salta esta fase de consentimiento informado: encajamos en las cajas; estamos tratando con una máquina. La educación como institución adopta a veces el carácter de una máquina: asistir, seguir el curso, aprobar los exámenes. Seguir instrucciones probadas ofrece garantías, pero la cuestión es si el objetivo sigue siendo adecuado y los medios también.
Las instrucciones son el ADN de una organización, y formar parte de ella significa respetarlas; el primer reto de las instituciones es obtener el consentimiento de sus miembros.
En un mundo cambiante, las instrucciones han sido desarrolladas para una realidad que se desvanece, provocando el abandono de algunas en favor de nuevos caminos, formas de hacer las cosas, métodos y actitudes para los que aún no existen manuales probados. Con la llegada de la inteligencia artificial, ¿cuáles son las nuevas instrucciones para la educación?
Este dossier explora la cuestión.
Denys Lamontagne - [email protected]
Ilustración: Shutterstock - 2585199707