Los mejores entornos siempre se han acaparado primero, y su atractivo aumenta su valor económico. En consecuencia, los más pobres se ven sistemáticamente relegados a entornos menos atractivos. La educación no es una excepción a este fenómeno; basta con comparar las escuelas de barrios ricos y pobres para comprobarlo, o las de centros urbanos y pueblos aislados.
Los gobiernos son muy conscientes del valor de la educación, y los que tienen las mejores intenciones tratan de promover su accesibilidad y calidad, pero esto no está exento de dificultades, sobre todo cuando se trata de cambiar mentalidades y desigualdades bien asentadas. Mejorar el acceso a la enseñanza superior de las chicas y de las personas racializadas, ayudar a los discapacitados y a los alumnos con bajo rendimiento, apoyar a las familias desfavorecidas y a otros grupos marginados... estas acciones aportan beneficios tangibles a la sociedad en general, aunque sólo sea por el número de problemas que se evitan gracias a ellas, pero son cambios graduales cuyos efectos tardan en verse.
Afortunadamente, no siempre hay que esperar a un ministerio o a un gobierno; la acción local y concertada es posible. Por ejemplo, sabemos que las escuelas de zonas degradadas rinden estadísticamente menos debido a una serie de factores, y siempre es posible mejorar la situación. Las iniciativas toman forma y, cuando cuentan con el apoyo de las autoridades locales, normalmente las cosas empiezan a funcionar. En términos más generales, las escuelas están bien situadas para iniciar cambios de mentalidad y limitar los efectos de las injusticias sociales y medioambientales.
Denys Lamontagne - [email protected]
Ilustración: Alicja en Pixabay