Temáticas de la semana

Se solicita lealtad

Es fácil juzgar el comportamiento de los demás y justificar el propio. Con todo tipo de razonamientos, uno puede llegar a tolerar una relación tóxica; a engañar a su pareja; a defender valores ecológicos, pero no si eso afecta a su comodidad; a trabajar en una empresa corrupta; a preferir la seguridad del grupo y la omertà, con algunos privilegios, antes que el riesgo de la marginación, etc. Las ventajas inmediatas para uno mismo parecen pesar más en la balanza que las consecuencias futuras o las que afectan a los demás. «Después de mí, el diluvio» ilustra una forma de desinterés social hacia quienes nos sobrevivirán.

Aceptamos fácilmente la idea de nuestra impotencia y nuestra insignificancia en los asuntos del mundo, y el argumento se repite una y otra vez. Sin embargo, nuestro poder para hacer algo no es nulo y siempre tiene efectos si decidimos pasar a la acción. A continuación, tenemos la opción de ignorar las consecuencias, negarlas, ocultarlas, minimizarlas, intentar mitigarlas o asumirlas plenamente. «Alea jacta est» llevó a César a Roma.

Lo que hacemos revela en parte nuestras intenciones, nuestro criterio, nuestras capacidades, nuestra competencia y, en términos más generales, el alcance de nuestra comprensión de lo que está en juego. Algunos ámbitos, como la política, los negocios o el mundo del espectáculo, parecen especialmente propicios para los desmanes, ya que los efectos pueden ser amplificados, concentrados e intensos. A esa escala, los efectos se vuelven difíciles de prever y de asumir para quienes ocupan posiciones de poder; por ello, les resulta más fácil decapitar a Juan el Bautista, sobornar a Temis o acallar a toda oposición que reconocer sus propios errores.

Mantener una posición es un signo de poder. Mantener una posición ética demuestra integridad, ya sea individual o colectiva. La elección suele reducirse a permanecer fiel a los propios principios y a los de su grupo, o seguir siendo fiel al grupo aunque este haya perdido sus principios. La presión bajo la cual se nos pide ceder rara vez surge de forma espontánea, sino que se construye a partir de una serie de concesiones graduales que, de ser reconocidas, se revelarían como ataques corrosivos. El infierno está empedrado de buenas intenciones y malas concesiones.

Renunciar a los principios afecta a la propia valía, a lo que hasta entonces había servido de referencia, con consecuencias desestructurantes tanto para los individuos como para las instituciones. Los valores del sistema educativo oscilan entre la universalidad y el elitismo, entre la inclusión y la segregación, entre la conformidad y la creatividad, entre la autonomía y la obediencia. ¿Hasta qué punto puede un profesor mantener su coherencia sin vacilar? ¿Hasta qué punto puede una dirección escolar llevar a cabo su misión a pesar de las intervenciones interesadas del Estado?

Esta edición de verano nos invita a tomarnos un tiempo para reflexionar sobre ello.


Denys Lamontagne

Ilustración: Shutterstock - 2633644903

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